A pesar de todo, un Romero excelente

ERA absolutamente necesaria - más bien diría yo, de obligado cumplimiento - una gran retrospectiva de Juan Romero en la ciudad que lo vio nacer. Parecía que había llegado el momento. Se buscó, con buen criterio, al profesor Fernando Martín Martín para realizar las labores de comisariado, toda vez que él, aparte de haber escrito largo y tendido sobre su obra, había dirigido la tesis doctoral realizada por Julio Soler Ballesteros. Hasta aquí todo aparentemente correcto. El comisario comenzó a realizar su labor y a investigar sobre la selección de una obra que, en Juan Romero, presentaba muchas coordenadas y muchos puntos de vista. Pero comenzaron los problemas. Los dirigentes de la Casa de la Provincia, sus responsables en asuntos artísticos, pusieron todas las trabas del mundo; sólo se concedió una sala cuando se había solicitado toda la planta baja; a la selección de las piezas se le puso todo tipo de impedimentos, de las que fueron solicitadas no llegaron todas; hubo pegas con el transporte; Madrid parece que estaba muy lejos y los costes muchos; como siempre ocurre en estos casos, se acudió a lo más socorrido: la crisis. Había que reducir gastos. La lucha del comisario en todos los frentes ha sido ardua. Al final, él sería el responsable y los supuestos técnicos de la institución convocante saldrían de rositas. Una vez más, desde la Casa de la Provincia, han surgido fantasmas, evidentes fobias cuando, en otras ocasiones, han brillado las filias.

Entrando ya en temas menos desagradables, la exposición cubre un amplio periodo creativo, desde el formativo donde se observa la estética de aquel momento en el que la mano y las recomendaciones del gran Pérez Aguilera se notan con determinación; la estancia en París, tan capital para el conocimiento de este artista y en el que las influencias del informalismo europeo, sobre todo, del expresionismo figurativo y del fierismo de los C.O.B.R.A., se hacen evidentes; pasando por una mágica manifestación colorista preludio de esa particularísima manera de actuación que es el lenguaje de Juan Romero, con la realidad y la fricción fundiéndose en una escenografía de bellísimos imposibles.

La fortaleza de la figura, las formas de ambigua naturaleza, la pureza de un color extremo y los máximos expresivos plantean una primera pintura donde todo está supeditado a una contundencia formal que no deja resquicios para duda artística alguna. Más tarde el ingenuismo adopta una feliz circunstancia pictórica. Ambos momentos están perfectamente representados en la muestra, una muestra que se nos queda totalmente corta para la grandeza de la obra y la amplitud de situaciones que caracterizan la pintura de Juan Romero.

La exposición discurre por el largo espacio en el que Romero mantiene esa mágica oferta en la que una sinfonía de justísimos elementos compositivos estructura una realidad festiva que acoge multitud de pequeños registros ilustrativos. Obras que abren las perspectivas de un autor, quizás demasiado enmarcado por las esplendideces de sus últimos periodos artísticos.

La muestra se inicia con un Juan Romero determinado por las primeras enseñanzas en una Sevilla donde la capacidad artística de muchos jóvenes era superior a las iniciativas creativas de los maestros. Muy importantes para el conocimiento de un Romero distinto, genial y trascendente son las obras realizadas en París y que desentrañan a un artista poderoso, con una espectacular capacidad para yuxtaponer la contundencia formal a unos registros llenos de esencialidad, magia y ciertos rasgos de básica ingenuidad.

La comparecencia, repito que demasiado corta para la importancia del artista, se completa con un conjunto de obras, ya con el Juan Romero más conocido, donde se ofrece todo el esplendor ilustrativo del artista sevillano.

Una exposición de Juan Romero es todo un acontecimiento. Si esta no hubiera tenido tantas historias esquivas, habría alcanzado las máximas cotas. Lo que se muestra es genial y sirve para, de una vez por todas, conocer a un artista en su integridad. Lo demás queda en el debe de los intereses de unos pobres equivocados.

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