Cuando la pintura desentraña las más abiertas posibilidades

ES muy bueno, justo y necesario, que la Sala Rivadavia, uno de nuestros espacios expositivos provinciales con más personalidad, apueste por artistas, también, con personalidad - nuestra realidad artística última no goza excesivamente de mucha de esta consideración -. Jesús Zurita, no nos cabe la menor duda a los que a esto nos dedicamos porque lo conocemos desde que empezó, es uno de nuestros jóvenes hacedores más significativos. Su obra es única, personal e intransferible y se ajuste a la perfección para lo que se aspira de esta sala donde los criterios de artisticidad, modernidad, pluralidad y calidad deben ser más patentes que en ninguna otra de nuestras salas de exposiciones. Y Jesús Zurita es el artista idóneo para la programación que todo queremos en este espacio gaditano.

La muestra nos plantea la pintura total de un creador completo donde todo queda supeditado a un lenguaje único, sin resquicios y transmisor de un arte pictórico que con él, de nuevo, vuelve a ser grande y a convencer a los incrédulos de que la pintura está más viva que nunca. Sólo hay que saberla hacer y transmitir.

Jesús Zurita plantea una narración mediata, distante, un relato descarnado de una posibilidad narrativa que se hace infinita y que transcribe sucesos acaecidos en unos recovecos remotos donde se nos aparece un escenario de ambigüedades y de desenlaces imposibles. Y es que la pintura de Zurita trasciende más allá de un estado único en el que la realidad lineal se ha despojado de sus contornos y usos habituales para desentrañar situaciones que ofrecen nuevos y distintos estamentos significativos.

La pintura de Jesús Zurita manifiesta estados de íntimas sensaciones. Por sus obras transcurren universos más presentidos que vividos, imágenes confusas, relatos de circunstancias extrañas, que dejan entrever paisajes poblados de ambiguos postulados. Todo recreado desde una especialísima enjundia pictórica. Planos vírgenes que asumen la sola potestad del lienzo puro, manchas abruptas que materializan los desarrollos del negro y que sirven de apoyo conformante a una sutil grafía llena de buenos episodios estructurales, y a un cuidado dibujo desde el que se destaca un limpio paisaje inundado de cálidas circunstancias narrativas.

Por eso hablaba al principio de la personalidad de Jesús Zurita. Su pintura es diferente porque sabe transcribir un sentido muy especial; un sentido que se organiza desde dentro, que manifiesta una realidad a contracorriente rescatada desde el fondo de su alma inconformista. Por eso, como dije en cierta ocasión, al referirme a la obra de este andaluza, ya universal siendo tan joven, la pintura de Jesús Zurita se ha establecido en los estamentos de una sabiduría que hoy es muy difícil encontrar, una pintura escueta, perfectamente concebida, mejor estructurada y sobriamente distribuida desde una trascendente economía de medios materiales. En definitiva, todo lo mejor que debe poseer un arte que con él ha llegado a lo máximo.

Esta exposición prestigia una sala y abre las perspectivas para seguir pensando en que el arte sigue teniendo buenos caminos.

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