Arquitectura

Tres portales y cuatro patios

  • Una casa en pleno centro histórico resume los espléndidos ensayos de la arquitectura contemporánea en Sevilla

Desde un estricto punto de vista de la técnica arquitectónica, esta obra supone un ajustado encuentro entre una morfología histórica -la del centro histórico de Sevilla, con su propio sentido de la medida, de la disposición y la habitabilidad- y los tipos gestados por la arquitectura moderna para responder al desafío del nuevo habitar.

Nos encontramos así en un lugar común para la acción proyectual, enhebrado en el largo hilo de las sucesivas experiencias con las que la arquitectura sevillana inauguró una forma de hacer que, superando la primera fase de una modernidad internacional, descubría los beneficios del acercamiento a una cultura urbana local. Con ello, venía a comprobar aquella hipótesis de la renovación arquitectónica ensayada en la Italia de los 60 y 70: la arquitectura de la ciudad; o lo que es lo mismo, que es en la ciudad real donde la arquitectura moderna debía demostrar la flexibilidad de sus axiomas, continuando e innovando el largo hacer de unos modos de vida y de una cultura material insertas en el artefacto urbano.

Con esta actuación en la calle Azafrán, esquina con Cenicero, la reunión de tres pequeñas parcelas de la trama urbana va a posibilitar acometer una significativa promoción de viviendas en la que valorar esto que decimos. Partiendo de una planta compacta en la que los grupos de viviendas se disponen en los frentes del solar liberando la medianera del fondo, el proyecto define un espacio interior en el que los patios, escaleras y recorridos de acceso dibujan un mundo tan atractivo como complejo.

Hay una tensión congelada en el encuentro de estas dos configuraciones, que se delinea expresivamente en las deformaciones geométricas de los tipos o en los ajustes de portales, descansillos y galerías. El resultado es una distribución en la parcela resultante de las unidades de habitación, tanto en planta como en sección, que con sus contactos y roces medianeros, con la disposición de estancias, estén cerradas o no, con los acuerdos entre lo interior y lo exterior en sus distintos gradientes, desde lo más íntimo a lo más público, con la generación de vistas y atmósferas activadoras de los sentidos, etc., se configura en soporte de la vida e identidad para una incipiente comunidad de vecinos.

Así, el encabalgamiento de la sección a partir de dos viviendas desarrolladas en vertical permite el doble control del plano del suelo, construyendo las entradas a las casas como verdaderos umbrales de domesticidad, al tiempo que coronan ese horizonte tan deseado del cielo de Sevilla con un plano de habitación abierto a la convocatoria de las arquitecturas de la ciudad que lo rodean.

Pero donde esta arquitectura da un paso más allá es en el uso de un lenguaje que responde fielmente a esta voluntad y que, lejos de adscripciones a la última imaginería, quiere construir unas precisas relaciones entre cada ámbito de lo doméstico, en sus diferentes escalas y valoraciones, y el exterior al que se ofrecen y definen. Hablar de lenguaje como neutralidad o tradición popular, de lo tenue de la luz y del aire de la habitación o de las fachadas -con sus imperativos patrimoniales y la invención del zócalo- como partícipes de un paisaje urbano y cultural reflejo de otras identidades, es hacerlo desde una vía de expresión de extraordinario valor. Es la manera en la que los huecos a la calle o a los patios -como cierros opacos- se significan como lugares de la habitación, o los registros de instalaciones, buzones y demás elementos de lo cotidiano entran a formar parte de de la piel y texturas del edificio.

Una actitud y una manera de hacer para ser mostradas a beneficio de una apuesta -siempre escasa en el ámbito de la promoción privada- por la buena arquitectura.

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