Aitana Sánchez-Gijón. actriz

"El punto de partida siempre es el mismo: la humanidad del personaje"

  • La intérprete representa desde hoy hasta el domingo en el Lope de Vega 'Troyanas', una versión de Alberto Conejero de la tragedia de Eurípides que se estrenó en el Festival de Mérida

La actriz Aitana Sánchez-Gijón (Roma, 1968). La actriz Aitana Sánchez-Gijón (Roma, 1968).

La actriz Aitana Sánchez-Gijón (Roma, 1968). / javier naval

Tras la lección de interpretación de Aitana Sánchez-Gijón (Roma, 1968) con Medea, la actriz regresa a la tragedia griega con Troyanas, revisión de la obra de Eurípides con la dirección de Carme Portaceli, la versión a cargo de Alberto Conejero y con Nacho Fresneda, Maggie Civantos, Alba Flores, Gabriela Flores, Miriam Iscla y Pepa López en el reparto. Estrenado en la pasada edición del Festival de Mérida, el montaje llega a Sevilla, al Teatro Lope de Vega, desde hoy hasta el domingo, después de haber recibido la bendición del público y la crítica en el Teatro Español de Madrid y de comenzar la gira en Málaga. Sánchez-Gijón, emblema del teatro y el cine de nuestro país, apunta las claves de su nuevo trabajo a este periódico.

-¿Qué línea interpretativa conduce desde la Medea de Séneca a la Hécuba de Eurípides?

Los grandes olvidados en todos los conflictos son siempre los mismos, hombres y mujeres"El público forma parte del espectáculo. Es un ente vivo, despide energía. Redondea lo que haces"

-Ambas confluyen en el mundo de la tragedia griega, así que necesariamente comparten no pocos elementos. Cuando me ofrecieron interpretar a Hécuba en Troyanas yo venía justo de hacer Medea, de manera que venía muy entrenada en el dolor. El sufrimiento es lo que las une, claro. Las dos representan una fuente de dolor de manera similar, un desgarro que se inserta en la médula y en la que estas dos mujeres buscan motivos para vivir. Pero también hay diferencias: Medea va encaminada directamente a la destrucción, ciega de venganza. En Hécuba predomina sin embargo cierta inclinación a la resiliencia, a la conservación de la dignidad a través de la palabra y la memoria. Digamos que Hécuba es un personaje más positivo, aunque esté igualmente atravesada por el dolor que causa la pérdida.

-¿En qué llagas pone el dedo Alberto Conejero a la hora de conducir la tragedia al espectador del presente con su versión?

-Hay ciertamente una intención muy clara dirigida a incorporar al público en la tragedia. Alberto ha incluido un prólogo y un epílogo en los que el personaje del mensajero, que ha sido testigo de toda la barbarie de la guerra de Troya y que parece condenado a que la masacre se repita ante sus ojos una y otra vez, interpela directamente al espectador, como ofreciéndole un espejo en el que pueda mirarse. Las preguntas que formula este personaje a quienes ven la tragedia son muy claras: ¿Quiénes son los responsables últimos del desastre? ¿Tenemos que conformarnos sin más con que la guerra regrese sin terminar de irse nunca? ¿No hay más opciones? ¿Seguro? ¿Quién nos ha convencido de esto? Además, Conejero pone en boca de Hécuba, en sus discursos, referencias a las alambradas y a los exilios que remiten a la tragedia real de los refugiados en el Mediterráneo y a la actitud pasiva y contemplativa de Europa. Los grandes olvidados en los conflictos, hombres y mujeres, son siempre los mismos.

-¿Quizá lo más amargo de la tragedia es la definición del ser humano como una especie tan altamente predecible?

-Así es, pero precisamente lo que quería lograr Carme Portaceli al dirigir este montaje era ir más allá del lamento, trascender de alguna forma el tiempo y el espacio. Tomar en peso todo ese dolor que ya conocemos y llevarlo a otra parte para darle un significado nuevo, distinto. La gran aportación que hizo Eurípides a la tragedia con Las troyanas fue la adopción del punto de vista de las víctimas frente a los héroes, que hasta entonces y desde la Ilíada habían sido los absolutos protagonistas. Pues bien, Portaceli profundiza en una reivindicación de Hécuba sostenida en la palabra: el destino anima a Hécuba a contar su historia, porque si no serán los bárbaros que ya regresan a sus casas después de haberlo arrasado todo quienes lo hagan. Se trata, ante todo, de que el silencio no siga al crimen. Siempre, en todos los casos, más allá de cualquier particularidad. Por eso es significativo que este montaje terminara titulándose Troyanas, sin el artículo, en una aspiración de universalidad. Y por eso la puesta en escena y el vestuario responden a un criterio conceptual, sin mucho apego al realismo.

-¿Es muy diferente el trabajo de construcción de Hécuba o Medea del que sigue para dar vida a otros personajes menos hondos?

-El punto de partida siempre es el mismo: la humanidad del personaje. Aunque espectáculos como Troyanas revistan cierta abstracción, la humanidad del personaje es siempre una cuestión concreta y tienes que llegar a ella. El primer paso se da igual en cada viaje.

-¿Y el último? Me refiero al público, como meta final de ese tránsito. ¿Ha cambiado mucho su relación con él en todos estos años?

-No, para mí el público siempre ha sido el quinto elemento. Forma parte necesariamente del espectáculo. Es un ente vivo, despide energía. Redondea lo que haces.

-Su monólogo de la Medea de Séneca que dirigió Andrés Lima incorporaba al público con una eficacia pocas veces vista en escena. ¿Le sirvió de aprendizaje?

-Mucho. Pero tenga en cuenta que en aquella obra yo desarrollaba una transformación de Aitana a Medea ante el público, al que me dirigía de manera directa, de modo que esa incorporación era más fácil. En Troyanas también hablamos al público y eliminamos las distancias, aunque evidentemente los personajes dialoguen entre sí. Pero para esa reivindicación de Hécuba como símbolo de todas las víctimas olvidadas sin duda es lo más oportuno.

-¿No son estos buenos tiempos para la cuarta pared?

-La cuarta pared no es más que una convención. Una vez que asientas las reglas del juego y compartes esa convención con el público, puedes tocar el corazón del espectador con la misma fuerza con la cuarta pared o sin ella. Las convenciones son lo de menos, lo importante es lo que dices y cómo llegas a decirlo.

-¿A qué personaje al que aún no haya dado vida le gustaría interpretar en el escenario?

-Hay muchos personajes que me gustaría hacer. Me apetece mucho Lorca. En mis comienzos hice algunas obras de Lorca con Alicia Hermida, e interpreté Yerma en el cine. Pero sí, me encantaría volver a Lorca. Y a Shakespeare.

-Que conste que pensaba en Lady Macbeth.

-Lady Macbeth no estaría nada mal. Pero tiene algunas cosas en común con Medea.

-¿Cómo anda de salud el teatro español a estas alturas?

-En lo artístico, muy bien. Pero hace falta mejorar la distribución. Muchas obras con cuatro actores se quedan sin hacer ante la imposibilidad de moverlas después.

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