La realidad floral de María Ortega

LA temporada pasada, una de las artistas que ocupó los espacios de la sala Arteadiario fue María Ortega. Cuando se la eligió, estábamos seguros de que detrás de su impactante juventud se encontraba una pintora grande. Su obra desarrollaba una característica muy especial: no dejaba indiferente. Además sus pinturas decían por sí solas lo que la mayoría sólo esbozaban. Fue para nosotros todo un honor patrocinar aquella muestra porque sabíamos que teníamos entre nosotros una artista con seguras posibilidades. Hace poco nos llamó María para decirnos que exponía en una galería de Córdoba. Era lógico. Su obra bien merecía un apoyo y apostar por ella. Cuando hablamos de su obra, dijimos que su pintura recreaba un universo emocional distinto; estaba hecha de retazos de emociones, de pequeñas piezas donde la realidad nos mostraba su cara más entrañable. El trabajo de María, después de conocerla a ella, se nos ofrecía como la trascripción exacta de ella misma; la puesta en valor de todo ese testimonio que surge del fondo del alma y crece en el más puro estado, sin alteraciones, ejerciendo una función emocional que va más allá de esa propia realidad diaria donde todo es confuso y lleno de intereses espúreos.

María crea un mundo de mínimos - Mercedes P. Santos los llamó con razón, bocaditos de esencias -, retazos de imágenes extraídas del pozo sin fondo de la memoria cercana, de ese corazón todavía puro que espera recrear una verdad.

Para esta exposición en la galería cordobesa, la joven artista ha ideado un universo floral donde lo de menos es la naturaleza conceptual. En su obra sigue anidando la más pura esencia. Ella concibe un mundo distinto, una realidad que no encierra dobleces, unos tenues gestos que permiten rebuscar en la conciencia cercana, que manifiestan los deseos inconfensables de un corazón henchido de pureza. La artista manipula la realidad de la materia plástica para generar múltiples espacios donde tiene lugar ese proceso creativo inundado de emoción, verdad y carácter pictórico.

Por sus obras florales el espectador se acerca a un escenario poblado de imágenes entrañables; es, una vez más, el universo de María Ortega en estado puro. Pero, además, la artista se desmarca de sus habituales registros y nos plantea una acción donde se deja entrever un espacio de formas presentidas que posibilita un juego de intereses donde todo es susceptible de mostrarnos un ideal camino por donde circular envueltos en una natural dinámica de recuerdos.

Con esta exposición, María Ortega da un paso adelante. Su pintura adquiere mucho más carácter, pero conservando toda la infinita dulzura de su magia creativa. Nos encontramos con una artista mucho más madura, con una pintura que va evolucionando despacio y conquistando nuevas parcelas. Todo con el sabor de su siempre entrañable y particular universo donde la realidad pierde sus marcas extrañas y conserva su especialísimo carácter de justa verdad.

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