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"Una relativa soledad que no desplaza a la amistad es buena para la poesía"

  • El gran poeta leonés inauguró ayer la segunda temporada del ciclo 'Voces en el Museo'

Antonio Gamoneda, el último poeta español reconocido con el Premio Cervantes (en 2007 lo relevó en la distinción el argentino Juan Gelman), acostumbra a lucir unas corbatas "únicas" que le teje a mano una amiga. Un día le regaló dos a su amigo irlandés y Premio Nobel de Literatura, Seamus Heaney, "y ahora él presume de que ya no son únicas de Gamoneda". Ayer se anudó al cuello una de ellas para conocer la pinacoteca provincial, donde inauguró la segunda temporada del ciclo Voces en el Museo con una disertación sobre el collar fenicio de cuentas de oro y cornalina de la colección. "El collar me pareció hermosísimo pero inmediatamente se desprendió de él una sugerencia: hubo un ser humano que lo llevó en torno a su cuello y la pieza pasó en la inhumación a su ajuar fúnebre. Como de la presencia fenicia no tenemos más que una información protohistórica que está llena de hipótesis, me planteé el acercamiento al tema desde el punto de vista del hombre que escribe y se concede a sí mismo la capacidad de crear un imaginario. Pienso que en un caso como éste de la civilización fenicia, la fábula y la leyenda tienen una especie de legitimidad", explica el Premio Nacional de Poesía por Edad (1986).

De Cádiz este escritor destaca inmediatamente la luz, que se filtra desde las cristaleras del hotel Argantonio donde atiende esta entrevista. Pero en su poesía son las sombras, la pobreza y el silencio elementos más decisivos. ¿Por qué entre tantas formas posibles de expresión eligió la poesía?

"Fue la poesía la que me eligió a mí. En 1936 yo tenía cinco años y esperaba con ansiedad el inicio en septiembre del curso escolar para aprender a leer. Pero había comenzado la Guerra Civil y las escuelas, a causa de la represión, en demasiadas ocasiones mortal, de los enseñantes, cerraron sus puertas. Fue mi primera sensación de fracaso. En 1934, tras morir mi padre, mi madre se trasladó de Oviedo (donde nací) a León y en nuestra nueva casa en el barrio de los ferroviarios había un solo libro, Otra más alta vida. Era de poesía y el autor, mi padre. Entre sus páginas fui identificando símbolos y palabras hasta que aprendí a leer. Por eso en mí se dan simultáneamente el conocimiento de la lengua escrita y del pensamiento poético. Era un niño y sabía que aquel lenguaje no era coloquial pero escuché su música y quedé condenado a ser poeta".

Cuando por fin se abrió la escuela, la profesora de párvulos decidió que el niño Gamoneda ya sabía lo suficiente y lo devolvió a casa. Su madre le puso una profesora particular que suplió las enseñanzas escolares hasta los diez años. Con catorce, entró a trabajar como recadero en un banco. "Mi segundo impacto poético fue la lectura de Rimas y leyendas de Bécquer, que me impresionó profundamente. Y con trece años pude adquirir y leer la segunda antología de Juan Ramón Jiménez, que ya me fascinó totalmente".

Aunque la crítica lo considera una figura clave de la renovación lírica en el siglo XX, como atestigua su inclusión en la referencial antología de poesía española Las ínsulas extrañas (1950-2000), él siempre permaneció alejado de los círculos establecidos. "Desde los tres años resido en León y en un momento dado me reconocí a mí mismo como un provinciano vocacional pese a que, a los treinta años, tiraron reiteradamente de mí desde Madrid para que dirigiera y reflotara la editorial Taurus. Me resistí. La plaza la asumió Jesús Aguirre, duque de Alba, un personaje que no me fascina pero que cumplió un papel esencial en una España huérfana de filosofía europea que él dio a conocer".

El afán de Gamoneda por permanecer en León le aisló también del grupo al que cronológicamente pertenece: la llamada Generación del 50, cuya existencia rechaza. "Simplemente esa generación no existió. Sí existe, como dice Pepe Caballero Bonald, un grupo de amigos a los que les gustaba copear juntos. Estando en Cádiz, Jaime Gil de Biedma le confesó a Jesús Fernández Palacios que lo del 50 fue un invento de tipo marketing porque así el grupo ascendía a generación. ¡Qué tiene que ver el grandísimo poeta que fue Claudio Rodríguez con el estimable Gil de Biedma! Yo nunca fui llamado a ese grupo ni tampoco lo reclamé porque quería vivir en León y no en Madrid ni en Barcelona, cultivando una relativa soledad que no desplaza ni a la solidaridad ni a la amistad pero que es buena para la poesía".

Su anonimato y alejamiento de esa primera línea poética hasta la transición contrastan con su impresionante agenda actual, desbordada tras la recepción en 2006 del Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y del premio Cervantes. "No puedo decir que lamente haber recibido premios tan importantes pero me crea sorpresa porque yo vivía tranquilamente en mi barrio de la plaza de Regla, cerca de la catedral leonesa, y ahora pienso en el mes de febrero y me echo a temblar: recitales en Italia, Grecia, muchos países árabes... Aunque digo que no a muchas cosas, al final por compromisos amistosos o por el carácter de la institución, como en este caso el Instituto Cervantes, acepto. Pero está siendo demasiado. No tengo tiempo para escribir ni leer".

Entre esos amigos cuyas invitaciones es difícil declinar figura el actual ministro de Cultura, César Antonio Molina. "Lo conozco y somos amigos desde hace 30 años. Yo coordinaba entonces las actividades culturales de la Diputación leonesa y fundé una colección de poesía que en sus cincuenta primeros números trató de ser un proyecto importante. Allí le publiqué su primer libro".

Otro amigo poeta al que recuerda estos días, por motivos bien distintos, es Ángel González. "Coincidí con su línea de escritura sólo un par de años, cuando Angel publicó Aspero Mundo. Luego no nos veíamos con frecuencia pero había una gran amistad y muchas anécdotas compartidas. Ahora me sobrevienen insultos de gente que no conocía a Ángel cuando yo era ya amigo suyo, epígonos que lo usan como estandarte de su tendencia y a los que les parece muy mal que yo diga que en sus últimos años fue manipulado. Creo sinceramente que hace quince o veinte años que la poesía de Ángel González, seguramente le ocurre a la mía también, empezó a declinar. El enorme Claudio Rodríguez decía que los poetas son como los yogures, con fecha de caducidad. Y a Ángel González le sobrevino esta caducidad".

Antonio Gamoneda no se considera un maestro de nadie, "aunque es corriente que la crítica diga que hay un sector amplio de poetas menores de 50 años que tienen algo que ver conmigo". Él sí conserva el respeto debido a sus "padres poéticos", que, insiste, "hay que buscarlos entre los simbolistas franceses, especialmente Rimbaud y Mallarmé".

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