"La sangre que derramamos los toreros es real y en Madrid mereció la pena"

  • El diestro extremeño se recupera de las dos cornadas que sufrió el pasado viernes en la plaza de Las Ventas. Ese día se consagró como una figura del toreo en una tarde épica, de gloria y de dolor

El matador de toros Miguel Ángel Perera solo piensa en abandonar cuanto antes la quinta planta del hospital Virgen del Mar de Madrid. El diestro extremeño se recupera de las dos cornadas que sufrió el pasado viernes en las Ventas de Madrid donde se encerró en solitario con seis toros. Cortó tres orejas en una tarde épica, llena de gloria y sangre, que le ha consagrado con tan solo 25 años y cuatro años de alternativa en una figura del toreo consagrada en la primera plaza del mundo.

-La gesta de encerrarse con seis toros para poner el broche de oro a una gran temporada, ¿no era algo arriesgado?

-Sí. Primero porque es un trago y una responsabilidad anunciarse en Madrid y si es con seis toros más todavía. Todas las miradas están puestas en ti. Y luego está lo que pueda pasar a lo largo del festejo. En esta ocasión la tarde tuvo la circunstancia del viento, los primeros toros, pero después de la primera cornada se vino arriba. Y todo se remató en el quinto. Las cosas vinieron así y hay que aceptarlas. Algunos pensaban que no tenía necesidad de anunciarme con seis toros en Madrid, la temporada estaba hecha y ha sido sensacional, pero las meta las pone uno porque sabe hasta donde puede llegar. Lo medité mucho con mi apoderado Fernando Cepeda y hemos acertado.

-Una tarde difícil, pero al mismo tiempo no la olvidará nunca.

-Así es. Fue una tarde complicada, pero bonita en mi carrera. Jamás la olvidaré por todo lo que pasó. Mi temporada merecía un final como éste. A lo mejor todo hubiera ido mejor si la tarde se salda con cinco o seis orejas y saliendo a hombros, pero el destino ha querido que esto sucediera. Las dos cornadas dieron más mérito a mi actuación y la sangre que derramamos los toreros es de verdad, es real y el esfuerzo mereció la pena.

-Confianza, seguridad, templanza, esas fueron las claves de la tarde.

-Iba muy metido y muy mentalizado. Tenía que ir preparado para lo que pudiera pasar y para salir de cualquier situación. Debía de controlarlo todo. Incluso cuando el toro me cogió por primera vez en el escroto, controlé la situación. Fui a la enfermería y le pedí a los médicos que me cosieran lo antes posible, sobre todo porque no quería que el público no se impacientara. Quise controlar la situación en cada momento. Y pienso que lo conseguí, sobre todo porque tenía mucha seguridad consigo mismo. Creo que se vio que el torero iba dispuesto a todo lo que pudiera pasar.

-Y luego vino la segunda cornada, esta si que fue fuerte.

-Fue una cornada muy seca. El pitón me entró entre la femoral y la safena y me lanzó para arriba. Me di cuenta que era grave, por eso cambié el estoque de ayuda por el de acero para matarlo. Pero en ese paseo me hicieron el torniquete y me di cuenta que la pierna me respondía bien y que podía seguir con la faena. De nuevo cambié la espada. Veía como la gente me pedía que pasara a la enfermería. La verdad es que me costó tirar para adelante. De hecho cuando me fui a entrar a matar ya no sentía casi la pierna, solo un dolor fuerte. Pero veía que valía la pena cortarle la oreja al toro. Y así fue.

-Pero el toro le avisó en varias ocasiones.

-Nunca terminó de entregarse. Me avisó con el capote, porque era muy incierto. La cuadrilla ya me dijo que había que llevarlo muy tapado. Sabía que me podía coger y así fue cuando en los estatuarios me echó mano. Pero cuando los toreros estamos con esa seguridad y confianza le quitamos importancia y nos entregamos.

-¿Qué se siente cuando mata al quinto toro y ve una plaza como Las Ventas entregada?

-Es algo que jamás lo olvidaré. Cuando maté a ese toro me fui para el centro de la plaza a recoger la ovación. Fue el momento más emocionante de mi vida como torero. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Me rompí conmigo mismo. Eso es algo que no se olvida. Camino a la enfermería era el hombre más feliz del mundo, iba lleno de ilusión, de satisfacción y de orgullo por lo que había hecho. Esa plaza emocionada, entregada, con los gritos de ¡Torero, Torero! Eso jamás lo olvidaré. Luego llegué a la enfermería y los médicos, después de ver la herida y el trombo, me hicieron ver que había hecho una locura, pero los toreros somos de otra madera.

-Valió la pena.

-Sin duda alguna. Lo mejor es la satisfacción y el reconocimiento del público, de la afición, de los profesionales y sobre todo el respeto de todo el mundo. Por todo esto merece la pena ser torero.

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