La senda de los virtuosos

  • La decimotercera edición de la Isla del Blues descubre a sus incondicionales a dos jóvenes guitarristas extraterrestres llamados a perpetuar la leyenda eléctrica: Matt Schofield y Jason Barwick

Las grandes leyendas de la guitarra se forjan con el desarrollo de una extremidad alienígena. El tercer brazo de Stevie Ray Vaughan se movía al margen de cualquier tipo de impulso motriz ordenado por el cerebro, la guitarra de Stevie Ray Vaughan funcionaba sola. Como el propio Vaughan, que no sabía leer un pentagrama, no se lo explicaba muy bien, decía que la ponía en marcha el corazón, pero no era cierto. Su tercera extremidad le crecía entre los brazos y le gobernaba. Y así su clásico Mary tenía un corderito, de poco más de dos minutos, podía alargarse interminablemente en un directo según el gusto del brazo del que estaba poseído. A otros guitarristas de leyenda no les crecía un tercer brazo, sino una tercera pierna. La más célebre entrepierna con cuerdas fue la de Iimi Hendrix, que le servía para que Hey Joe le llevara al éxtasis. Para todos los grandes guitarristas su instrumento no es un medio, es un fin. Más allá del placer que pueda producir al voyeur, para el guitarrista su instrumento es una extremidad onanista.

La Isla del Blues es una marca, todo lo modesta que ustedes quieran, pero una marca. Cuando llega el verano, un grupo de incondicionales -no muchos, es cierto- acuden a esta cita social de cuarentones y cincuentones (también los hay más jóvenes, pero no son muchos) convencidos de que la propuesta será acertada, que si la Isla del Blues sitúa sobre el escenario a alguien será por algo. En la noche del sábado, en el Baluarte de la Candelaria, no fallaron los incondicionales ante un cartel de jóvenes promesas no muy conocidas y la Isla del Blues se reivindicó como una oferta tan necesaria en el panorama musical como orgullosamente minoritaria, selecta. Entre el público se vieron las caras de siempre y en el escenario, la furia de la electricidad: un feliz diálogo entre onanistas y voyeurs. Era un asunto entre ellos. Quien no padece este vicio escucha un agradable idioma, pero no lo descifra.

Para el menú de este año el programa traía un guitarrista de brazo y un guitarrista de pierna, ambos sorprendentes, quizá repetitivos para los oídos menos avezados, pero virtuosos ambos. Y aunque hoy en día, tal y como va el mundo de la música, hablar de un virtuoso de la guitarra sea lo mismo que hablar de un virtuoso de las pinturas rupestres, la rara habilidad siempre es bienvenida.

¿Cuánto cuesta contratar a Matt Schofield, el guitarrista que tiene encandilados a los entendidos desde que sacó su disco Ear to the ground? Posiblemente no sea muy caro. Lo digo porque Schofield y su gente es de esos a los que te gustaría llevar tirando de un carrito por la calle. Tú vas viviendo y ellos te van haciendo la banda sonora desde la compra del supermercado hasta el paseo con el perro. Su blues hace lo cotidiano relevante. Por un módico precio, su música hace personajes a las personas. Es la cualidad embaucadora del buen rhythm and blues. Los temas iban meciéndose con la brisa nocturna uno detrás de otro y los asistentes se balanceaban como juncos ante la espectacular competencia del chico de la gorra, que iba a lo suyo, o a lo que su tercer brazo decía que era lo suyo. Difícilmente podrá verse por estos parajes en mucho tiempo un guitarrista de la enjundia de Schofield, lo que sembró la inicial admiración de la concurrencia, aunque su extraterrestre capacidad no terminara de vaciar la barra de chapa del fondo.

Para esa tarea estaba llamado el segundo grupo de la función, The Brew, un trío con un arma secreta procedente de Grimsby, una ciudad británica portuaria. Se diría que este grupo está compuesto por Papá, que tocaría el bajo en el garaje de casa, y sus dos hijos, uno, de 20 años, que aporrea la batería con la violencia de quien tiene unas cuantas deudas pendientes con este mundo (su maravilloso solo de una pieza de Led Zeppellin ha debido de causar más de un problema con el vecindario de su barrio) y otro, de 19, al que antes de ir al colegio en vez de ponerle los dibujos de Vaca y Pollo le enchufaban la actuación de Hendrix en Monterrey. Esta es el arma secreta, el niño prodigio. Y ni que decir tiene que al niño le salió la guitarra en la pierna.

Por mucho que los años otorgaran el liderazgo del grupo a Papá Bajo, The Brew tiene su razón de existir en esa guitarra salvaje, en ese niño onanista llamado Jason Barwick. La mayor parte del repertorio era propio, pero sus señas de identidad estaban en las versiones y cuando ejecutaron a Hendrix no hubo mucho más que hablar. Estábamos ante una reencarnación. Esta fuerza de la naturaleza hizo gritar a un miembro del público la frase que mejor define lo que se vio en la noche del sábado: "¡Ese muchacho está poseído!". Poseído por su tercera pierna, indudablemente. Y Papá Bajo, que no es su padre, sino el del batería, miraba al tendido orgulloso como diciendo eh, cómo es mi niño.

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