El triunfo de la inocencia

  • La obra de Antoine de Saint-Exupéry, 'El Principito' saltó del papel al Teatro Villamarta en forma de una conmovedora obra maestra

Cuando algo te llega al corazón lo mejor es, creo, no preguntarse cómo lo hizo. Es preferible dejar que la emoción te nuble los sentidos, y aun la vista, con alguna lágrima rebelde que nunca pensaste que iba a salirte de los ojos, sin indagar en algo que quizá jamás llegues a comprender.

La función de 'El Principito', con una escenografía digna de los mejores musicales, fue simplemente un lujo. La magia de los planetas, el ambiente recreado al milímetro según la idea del escritor francés, el vestuario... He tratado de encontrar alguna pega, pero no he encontrado más que acierto tras acierto.

En lo actoral tenía ganas, sobre todo, de ver a Eduardo Casanova en el papel de Principito, y aunque es cierto que repite algún tic lejanísimo de su papel de Fidel en la serie de televisión, se descubre en él, con diecisiete años cumplidos el mes pasado, una serie de matices que hacen pensar, siempre y cuando no le endosen papeles de chico atribulado, en un actor con mayúsculas. Es más, ahora no imagino a otro haciendo de protagonista de esta obra. Es un niño, piensa como un niño, y actúa como si lo fuera. Pero, de repente, cuando el texto llega a su fin, afila armas, dramatiza y sorprende con su cambio de registro.

Pero, ¿fue tan televisivo protagonista el triunfador de la tarde? Tal vez no. Pep Munné, en el papel de aviador se llevó la palma. Su presencia en el escenario, su porte, el timbre profundo de su voz, hace que uno, de tanto en tanto, se olvide del Principito. Todo esto, aclaro, sin desmerecer ni a Casanova, ni a Itziar Miranda, ni a Mario Sánchez, éste último intérprete de cuatro papeles en la misma función.

Conviene aclarar de todas formas que 'El Principito,' con todas sus virtudes, -hablo del texto y de la obra de teatro vista sábado y domingo- no es para niños, aunque pueda parecerlo. Sí, quizá el montaje, el protagonismo infantil de un crío que no renuncia a sus preguntas se preste a tal idea, pero lo cierto es que lo que se plantea, esto es: la vanidad, la ambición, el egoísmo, la soledad del ser humano, provocada por esos defectos, no sea mensaje para un crío. Su importancia, obviamente sí. El planteamiento de las preguntas del Principito, por supuesto. Pero tras esta serie de cuestiones, subyace un mensaje más duro y directo que no salvan metáforas ni personajes de teatro, y que van dirigidas al adulto, normalmente portador de estas actitudes que convierten al hombre, en muchas ocasiones, en un ser despreciable, que cree a menudo que vive en su propio planeta, solo, sin nadie a quien rendir cuentas, que olvida a menudo que es apenas nada y que, al contrario que el Principito que es capaz de dar su vida por volver junto a lo que ama (su rosa), no se sacrifica ni se esfuerza por amar.

Tal vez tendrían que ser niños y pensar como tales. Y el anuncio del regreso del Principito que el aviador desea conocer en cuanto se produzca, no sea más que la vuelta a la infancia de todos los que perdieron su inocencia y, con ella, la posibilidad de un mundo más justo.

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