Tribuna Cofrade

salvador gutiérrez galván

Que no te desvíen; carta a un anónimo

Me has dicho tantas veces que crees en Dios a tu manera, y bien sabes que te respeto, que no quisiera forzarte a nada. Si lo hiciera, estaría poniendo en riesgo nuestra amistad. Durante los últimos años, me has notado distinto. Y nunca me lo has referido. Agradezco tu postura porque no sé por donde empezaría a explicarte, o si hiciera falta. Ya no soy el de antes, pero sabes que sigo siendo el mismo. Eres sabedor de lo que se ha ido cociendo en estos años y siempre me has respetado. Te hablo ya de esta manera porque presiento que en esa mirada también comienza a arder algo. Ánimo y no te preocupes. Todavía no tienes por qué manifestarlo, pero tú y yo sabemos que ya está ocurriendo. Y me alegro mucho, mi querido amigo. No tengas miedo.

En sólo unos días celebraremos el triunfo de la vida sobre la muerte. Para que me entiendas mejor, estamos a punto de celebrar que Jesús de Nazaret no falleció en vano. Ahora más que nunca te pido que aceptes este momento de recogimiento y que sigas vislumbrando en mi conducta lo mismo que deseo para ti. Sería bueno que te acercases a un templo y buscaras en la Cruz el sosiego que tantas veces me has añorado. No tengas reparo y acude, porque sólo Él dará sentido a tus preguntas. Sé que, en parte, mantienes aún esa duda razonable. Sólo te pido que acudas. Date un minuto y hazlo, aunque sólo sea porque te lo pida este viejo amigo. Lo demás, lo de siempre, va a seguir estando siempre. Tendrás que desenmascarar todas tus vergüenzas y pasiones para dar el último paso que tanto anhelas. Pero, insisto, hazlo.

Ya ves que, ahora que se acerca la noche oscura, puede que sea buen momento para que nos confesemos mutuamente. Créeme; si no te quisiera no te lo revelaría. Este año celebraré el triunfo de la vida sobre la muerte con la ilusión de tu nueva mirada. Sé que has sufrido bastante y es posible que aún no encuentres significado a ese padecimiento. Pero lo encontrarás y llegará un día en que comprendas que no existe alegría sin la Cruz. O mejor dicho, que no existe vida sin Cruz. La Cruz, amigo, te hará grande y dará un nuevo sentido a todos tus pensamientos. Si vas a tener en mente estos días al que verás crucificado por las calles, piensa que sufrió hasta lo indecible, que fue tan humano como tú y yo. Pidió a su Padre que mitigase su dolor, pero acató su destino. Tú también lo has acatado, y con admirable dignidad. Yo admiro tu fortaleza porque, aunque te niegues a aceptarlo, Jesús está ya actuando en tu interior, y algunos comenzamos a darnos cuenta de ello. Mi querido amigo; rezo hoy porque persistas en el camino de tu nueva vida. Sigue acercándote y no claudiques. Merece la pena.

Ahora es tiempo de una pequeña retirada o un paseo por el desierto. No es tiempo para que nos reencontremos. Recuerdo las palabras de Jesús a Felipe y a Andrés pocos días antes de su muerte ("Ahora mi alma está agitada". Juan 12, 20-33) y me conmueven. Por eso opto por este retiro personal, hasta que volvamos a encontrarnos. Te recuerdo que nada de lo que te ofrezcan podrá saciar lo que ha empezado a gestarse. Ya no te podrán confundir. Que no te desvíen. No dejes que el escaparate externo empobrezca tu ilusión, porque no hay más que una Cruz.

Mi querido amigo; estos días no me busques entre la muchedumbre, porque no me encontrarás. Si me quieres encontrar, búscame en esa alegría interior que llevas ya por dentro. En esa luz estaremos siempre unidos. Porque algo está cambiando en ti. Y lo sabes. Y recuerda siempre que Cristo resucitó al tercer día.

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