La columna

luisa fernanda cuéllar

Incienso y azahares

Si no fuera por la resurrección hubiera sido un profeta más

Estamos de lleno en la celebración de una semana diferente. Una semana que llamamos santa porque rememoramos a Jesús, hombre y divinidad, que vino, predicó, murió y resucitó. Si no fuera por la resurrección hubiera sido un profeta más, pero se levantó de entre su mortaja y lleno de luz, ascendió al cielo.

A pesar de su sacrificio, muchos de nosotros le hemos dado la espalda alguna vez. Algunos le han olvidado. Otros le recuerdan en las penas pero no comparten con Él sus alegrías. Sin embargo, Él siempre está esperando que le esbocemos una sonrisa o que le hagamos un guiño.

Él es incondicional, no se cansa nunca de perdonar nuestra indiferencia ni de esperarnos con los brazos abiertos. Pero cuánto trabajo nos cuesta acercarnos, contarle nuestras cosas, decirle que estamos cansados, decepcionados o simplemente sentarnos frente a Él para que nos vea, sin decir nada, dejando que nuestras miradas se crucen.

Esta semana salimos a ver las procesiones, a exaltar la fe que profesamos, a pasear por nuestras calles el tesoro de nuestra imaginería, a unirnos al rumor de una oración que sube de contrabando al cielo enredada en el humo del incienso. Pero también, tal vez, a mirar de reojo, desde lo profundo de nuestro escondite, a un Jesús que entre varales se nos muestra indefenso, prendido, azotado y crucificado.

Su amor es como una semilla que cae en la tierra, que encuentra acomodo entre las grietas de nuestras vidas, que brota, florece y perfuma el alma lo mismo que hacen los azahares en cualquier jardín.

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