Jerez íntimo

Marco A. Velo

Semana Santa: ¿Consummatum est?

Alfa:¿La Semana Santa -romanizada de tanto recrear la exégesis de la misma Creación- ha terminado de sopetón? ¿Ya concluyó la inquietud de los cartógrafos que habitan talmente en el envés de los relojes? ¿Consummatum est? ¿Todo ha concluido en la dualidad tiempo y espacio? Antonio Rodríguez Buzón diría que no. José Alfonso Reimóndez López 'Lete' -qué calambre del costillar esa calle rotulada a su nombre tan cerquita de la iglesia del Humilladero- respondería -con su menudo nudo de corbata años setenta- que nones. Juan Delgado Alba -palabra de Silencio en mayúsculas- habría de consignar que ni hablar del peluquín. La Semana Santa jamás de los jamases termina -¿verdad que sí, Tacho García Pomar?-. La Semana Santa -¿estás conmigo, José Antonio Casas de matutinos autobuses camino de un Museo cuyas Aguas da de beber a todos los sedientos?- no finaliza: simplemente pasa. Como pasa y cíclicamente regresa los rítmicos encierros con el morlaco de nuestra conciencia. Como vienen y van los anclajes de los aprendizajes y desaprendizajes de la vida. Como se aproximan y se distancian en lontananza los dones menesterosos de la memoria y la desmemoria. La Semana Santa se vertebra de suyo por dentro. En su inopinada maestría de emociones siempre cosidas a los pespuntes de lo axiomáticamente atemporal. Nada somos -detritus de la vanitas vanitatis- ante la suprema trascendencia de cuanto entraña la Semana Mayor. La suma de voluntades interiores -la de cofrades, devotos, gente de bien del procomún- sobrepasa y traspasa y trasvasa la individualidad que se quiere y se pretende protagónica. Por no consumirse… no se han consumido ni los retales de la cera derramada sobre el asfalto: hoy mismo nos lo pregona a pie de calle el chirriar de la nostalgia. La Semana Santa pasa y nos deja en la retina de lo inmediato el signo de interrogación del último candelabro de cola. ¿Qué otra silueta metafórica no es sino el signo de interrogación que dibuja un candelabro de cola en las dudas de nuestra reconversión cuando una nueva Semana Santa se hace otra vez, in ictu oculi, pliegue de fascinación, espíritu de plata de ley y morada fugacidad de la pureza de los sentidos?

Beta: En un costero de un paso "en construcción", media altura de calle Eguiluz a cinco minutos de entrada en Carrera Oficial, se lee sobre la madera del respiradero y a descomunales trazos escritos a lápiz: "costado izquierdo". ¿No hubo quién reparó en ello en el seno de tan señera cofradía jerezana?

Gamma: Yo acompañado de mí mismo. Apretado en una acera de multitudes, plena diástole de la sevillana calle Javier Lasso de la Vega. Dos nazarenitos de la todopoderosa cofradía de la Redención -¡oh Rocío del cielo!- se escapan, presurosos, de su tramo y acuden a mí -por separado- para entregarme sendas estampitas de sus Sagrados Titulares. Y mí y a nadie más. De nada me conocen ni de lejos ni de cerca. De nada los conozco ni por asomo. ¿A qué ton la iniciativa en favor de un puntual observador para ellos del todo y harto desconocido? ¿Señal inequívoca de un destino con forma de carrito de bebé de tres meses que aguardaba en Jerez? ¿Se presienten los niños -los unos a los otros- aún sin visualizarse? ¿Milagro indubitable de estos memoriales del gozo que rebasa nuestras entendederas? ¿Dos estampitas dos para otro ángel que física y metafísicamente transmite y se intercomunica a destajo en el dulce ensanchamiento de su sonrisa de nácar?

Delta: Oído en un restaurante de la hispalense Plaza del Duque. Donde las torrijas son bocatto di cardinale. Hora punto de merienda y tentempié. Cafés por un tubo. Bullicio de atmósfera de Lunes Santo. Los cafés cortados y manchados se sirven con destreza de correcaminos. Una señora de mediana edad pide "un americano". El camarero afemina su voz para preguntarla: "¿Lo quiere usted con ojos azules?".

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