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La realidad imita a la ficción y la política a su caricatura. Esto se exacerba con el espionaje y contraespionaje y con los llamados -parece una ironía- servicios de inteligencia. Como en casi todo, el caso catalán lleva las cosas al extremo.

Con las interferencias de Assange, de Pamela Anderson y Rigoberta Menchú, de Rusia, no con misiles ni con espías que vinieron del frío, sino con tuits y entradas de Facebook, y de Oriol Soler de agente 0017 de la República, por un lado. Por éste, Irán y Venezuela subvencionando a Monedero y a Pablo Iglesias, con el propósito de dinamitar Occidente. Nada es demasiado verosímil y todo es risible, y, sin embargo, aquí estamos. Hay quien cuenta que Puigdemont fue, sin saberlo, informante de los espías españoles una temporada vapuleada de su vida, y que eso explica su resentimiento: no puede soportar que le tomasen el pelo. De ser verdad, se entendería que, con tales fuentes, nuestros espías no se enteraran bien ni de la auténtica fuerza (poca) del independentismo ni de lo de los rusos ni de lo de los iraníes.

El espionaje con sus idas, venidas, secretismos públicos y agentes dobles tiende a caer en el regateo a sí mismo y en hacerse un lío con su propio juego de espejos. Hay una novela divertidísima de Aquilino Duque que se titula Las máscaras furtivas que no parece real, pero que parece que se queda corta.

Aunque a plena luz del sol, fuera de las nieblas de los servicios secretos, las cosas tampoco están más claras. Los independentistas reconocen ahora (¡ahora!) que no tenían ni idea de cómo se independiza uno, que sabían que era imposible, y que siguieron. El Gobierno no se queda atrás y el día antes aún dudaba de cómo meterle mano al art. 155. Podríamos entrar en la natural deriva autodenigratoria del español medio, pero sería injusto. Fijémonos en el Brexit. Allí nadie había hecho ningún árbol de decisión ni trabajado con modelos de situaciones posibles. Los británicos están improvisando sobre la marcha de su marcha. Y la Unión Europea también anda desconcertada sin un mínimo protocolo de despedida. Parecen esos amigos que, porque la velada no fue bien, no saben cómo decirse adiós. Trump y el norcoreano se pelean como en un barrio bajo y se llaman viejo gagá y enano gordo, y es la alta política mundial.

Políticos, gobiernos y servicios de inteligencia andan desnortados. ¿En manos de quiénes estamos? Y peor, ¿de qué cabezas?

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