Angelita

Hoy el mundo está lleno de gente plana o histriónica

Todo joven debería encontrar en la vida alguien a quien admirar porque la admiración salva de muchos abismos y puede hacernos mejores. La admiración es un motor de cambio que nos libra de la apatía. Sin nadie a quien admirar ni referentes a los que emular, la vida se queda un tanto hueca porque la razón de vivir siempre está en los demás.

Cuando veo a tanto joven apático y desilusionado de la vida, jóvenes sin ganas de nada, quejicosos y monosilábicos cuando se les pregunta por algo, jóvenes a los que todo les supone un esfuerzo sobrehumano, me quedo pensando en qué parte de responsabilidad tenemos los adultos. Por qué hay tan poca gente digna de admiración que les haga moverse. Hoy el mundo está lleno de gente plana o histriónica pero no abundan las personas en verdad interesantes o no se ven.

Me recuerdo jovencilla, con mis múltiples inseguridades, mis cambios de humor, mis cabezonerías, mi refugio en la lectura y me veo retratada en algunos jóvenes de hoy. Yo no sé cómo se contagia ilusión por la vida pero la semana pasada despedí a una mujer que me enseñó muchísimo y a la que admiré sin reservas.

Angelita fue un ser libre, con una fuerte personalidad que le permitió dedicarse con pasión a los libros como traductora, agente literaria y editora. Escapó a los convencionalismos de su época y fue rebelde sin perder ni un ápice de su elegancia. Con una sonrisa perenne escuchaba la mayor de las tonterías sin inmutarse y después hacía lo que consideraba oportuno. Su conversación estaba siempre coloreada por mil anécdotas porque había vivido mucho. Cuando la conocí estaba desmontando la casa de sus padres y yo no sabía nada de casi nada. Nos pasábamos las tardes enteras charlando, ella contándome sus amores y desamores, sus trabajos, sus viajes; yo descubriendo el mundo. Me demostró que se puede ser libre con voluntad y discreción, me acogió en su casa de Madrid dándome una llave para que yo también fuese libre. Tan sólo se quejaba del frío que se pasaba en las casas de Jerez que a ella le hacía encender la chimenea en pleno mes de mayo. Me enseñó a beber y presumía de ello. Compartimos nuestra pasión por los libros, las acedías y el Tío Pepe.

Angelita me hizo cambiar. Endulzó mi carácter, alegró mi vida, me educó en mil detalles que no se ven, respetó mis silencios, domó mi juventud. Me descubrió el poder confidente de una copa de Jerez a la caída de la tarde. Me hizo mejor.

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