Llevo días manteniendo a la hora del almuerzo discrepancias con mi sobrina acerca de la bandera española que pende de la barandilla del balcón de su casa.

Y todo viene porque tengo sentimientos encontrados acerca de esta fiebre patriótica que a todos mis paisanos les ha entrado de repente.

Acostumbrado a estas exaltaciones sólo cuando la selección de fútbol gana, me sorprende saber que en cada casa había tanto españolito oculto que ahora presume de nación, de raíces y de himno.

Y es que, verán. A mí me gusta ver cómo el pueblo, la gente llana, mis vecinos de toda la vida se unen bajo la piel del toro o el pasodoble de Manolo Escobar, pero me cuesta pensar que sólo hemos salido a la calle por defender un trozo de tierra, hemos puesto el grito en el cielo para derrumbar un muro de odios y ahora esta patria se siente orgullosa de sí misma cuando yo sufro en mis carnes cómo la mitad de esta patria se burla de mi forma de hablar, de ser y de vivir.

Aplaudo al que se siente patriota, pero sigo pensando que este país es un disparate que se va por el sumidero de la corrupción; que cada día hay más recortes en educación y en sanidad; que los jóvenes y no tan jóvenes tenemos que seguir certificando la lengua inglesa para demostrar lo que valemos en trabajos donde el enchufismo y la sumisión es la mejor carta de recomendación.

Y mientras mi piel sienta esto no me pidan ni que me sienta español ni que calle lo que mi orgullo siente.

El otro día pensaba que cada día que pasa tengo más claro que mi patria es mi calle, mi barrio es mi continente y la orilla del mar es la frontera donde ondean mis preocupaciones.

La suerte que tengo es que allí no necesito banderas.

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