Al Capone

El positivismo extremo ha acabado convirtiendo un pequeño revés forense en una tragedia nacional

Al final, por los vericuetos legales y la decisión de la Audiencia Territorial de Schleswig-Holstein, vamos a tener que juzgar a Puigdemont como a Al Capone, por los dineros, o malversación o fraude fiscal. No quedará muy neta (en ninguno de los dos casos) la causa penal, pero lo importante es que el sujeto acabe a la sombra. La historia no la escriben los autos judiciales. La verdad, aunque tortugueando, siempre alcanza y sobrepasa a la liebre (un ojo cerrado, otro abierto) de las soluciones técnico-jurídicas.

Cabe la posibilidad de que el juez Llarena, en un ataque de dignidad torera, rechace la extradición en los términos schleswig-holsteinanos, pero yo preferiría al pájaro en mano, que de nuevo volando. ¿Me consuelo con la doctrina del mal menor por el palo jurídico? Pues sí y no. Está el precedente Al Capone, que he puesto por delante para que, si ustedes no querían seguir leyendo la columna, se quedasen con lo importante, que es la interesante analogía en la que tendría que insistir el Gobierno y los medios españoles.

Luego está el hundimiento total de la defensa positivista de la Constitución que se ha hecho muy equivocadamente desde el principio en España. Esa obsesión de no apelar a nada más que a la norma jurídica, jamás a los principios ni a los valores ni, muchísimo menos, al patriotismo, acaba convirtiendo un pequeño revés forense en una tragedia nacional de dimensiones noventayochescas. A ver si aprendemos.

Tampoco es manca la oportunidad para los que somos güelfos blancos y queremos a Europa, sí, pero con nuestra soberanía vivita y coleando. Ahora podemos decir, "cuidado". Nadie velará por los intereses de España como los españoles.

También se puede hacer de necesidad virtud si la diferencia de pena entre el líder Puigdemont y el grueso de su gobierno (Junqueras y otros) les crea agravios comparativos. La precaria unidad del nacionalismo quizá no resistiría esa injusticia flagrante de la que España será inocente.

Y lo último: Puigdemont no debería presumir demasiado de la sentencia alemana, porque viene a decir que él no se rebeló. O fue un rebelde y entonces la sentencia le ha despojado de su aureola épica convirtiéndole en un vulgar malversador, o no es un rebelde y ha ido por el mundo presumiendo de algo para lo que no había hecho mérito alguno. Tiene que escoger qué prefiere y yo prefiero que lo decida de malversador en el retiro de Estremera.

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