Vayan preparando la tortilla

Manuel Romero Bejarano

El Castillo de Belalcázar

 LEJOS, muy lejos, más allá de Córdoba y más allá de sus montañas, en lo hondo de un campo cuajado de encinas y vacas hay un rincón perdido llamado Belalcázar. Poco más que una aldea al lado de un arroyo, plantada en un camino que no va a ninguna parte. Al sur lo más oscuro de Sierra Morena, en el horizonte una dehesa interminable y al norte un lugar que por no ser, no es ni un lugar de La Mancha. La nada. Más que la nada. El espacio en blanco de los mapas.

El tibio sol de enero derrite los restos de la helada nocturna mientras avanzamos en línea recta por el valle de los Pedroches. Y allí, donde sólo tendría que existir el vacío, aparece un espejismo. Las suaves lomas se ven sorprendidas por un castillo gigantesco y hermoso que vigila un país sin enemigos, el silencio de la tierra y el vuelo de los pájaros.

El castillo de Belalcázar, conocido como Castillo de Gahete o castillo de Gafiq o de los Sotomayor y Zúñiga es una fortaleza ubicada en el municipio de Belalcázar. Es una construcción de estilo gótico-militar, iniciada en la segunda mitad del siglo XV, siendo un referente de la arquitectura defensiva en la península Ibérica. La denominación de Bel Alcázar, se debe a la singular torre del homenaje de la fortaleza. Desde su construcción, provoco el cambio de nombre de la villa donde se encuentra, que anteriormente era conocida por Gaete o Gahete. Tiene una excelente cantería de granito, de disposición cuadrangular, con altos muros con ocho torres, cuatro macizas se sitúan en las esquinas y las otras cuatro, huecas, se sitúan en los flancos. El castillo se halla rodeado por una muralla, cuenta con un amplio patio de armas, decorado con arcos y un aljibe. La estructura que más destaca, sin embargo, es la impresionante torre del Homenaje, lujosamente ornamentada, desproporcionada aunque de gran belleza, y que con sus más de 47 metros de altura es la más elevada de toda la Península Ibérica.

Poco a poco aparece Belalcázar, diminuta a la sombra su castillo, dormida en su lecho de encinas solitarias. Aún quedan restos del naufragio. El frío entumece los muros del convento de la Columna, panteón condal, donde las clarisas custodian los huesos de los Sotomayor y los Zúñiga en una casa medio arruinada y medio restaurada a la remanguillé. La avenida de Sebastián de Belalcázar nos recuerda las hazañas de un lugareño que cruzó el Océano, conquistó Quito y se enfrascó en la búsqueda de El Dorado... Glorias lejanas coronadas por la construcción del soberbio castillo blasonado con enormes escudos heráldicos. Escaparate de grandezas que se fueron con el viento.

El Pilar de abajo marca el fin del pueblo y el arranque de una vereda llena de fango. Al final, una valla indica que el castillo no puede ser visitado.

-Verán una valla, con un boquete. Es para que no entren los del pueblo, que no hacen más que llevarse piedras del castillo. Pero ustedes pasen, a ustedes no les van a decir nada...

Allá vamos, colándonos por el primer agujero, como el conejo de Alicia.

Retamas y acebuches flanquean la subida hasta un foso seco, donde cautiva y expoliada, la fortaleza nos enseña sus piedras descarnadas y bañadas por la luz del mediodía. Los ventanales renacentistas nos traen ecos de lujos pasados, adornados con fiestas fabulosas. Muros infinitos y una torre del homenaje tachonada de signos lapidarios, hablan de fuego y sangre, de guerra antigua, de señores, reyes y vasallos que pelearon un día por este rincón olvidado. La paz eterna recibe la visita de ilustres fantasmas y por la memoria desfilan don Gutierre de Sotomayor y el inútil Juan II, los infantes de la Cerda, don Álvaro de Luna y los Reyes Católicos. La procesión de espectros termina con las tropas napoleónicas y el fuego de la artillería inglesa, que se apagó hace dos siglos.

Abandonado por todos, el edificio se entretiene albergando cigüeñas que llegan de tierras remotas. Entre troneras y almenas reposan sus nidos, más altos que en ningún campanario, más arriba que en ninguna otra torre. Serán las cigüeñas las que cada noche oigan al pobre castillo contar, entre amargas lágrimas, sus miles de historias cuajadas de alianzas y traiciones, de fastos y aventuras, de amor y odio. Esas historias que hoy nadie parece querer escuchar. 

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