El cincuentenario de la Fiesta de la Bulería devolvió momentáneamente a la actualidad a la Cátedra de Flamencología de Jerez, entidad que la puso en marcha en 1967. Puede que, tanto para jóvenes como para profanos, la mención a la Cátedra sonase a algo añejo y lejano, pues su presencia en nuestra ciudad viene languideciendo desde hace lustros, hasta hacerse inexistente tras el fallecimiento de su director, Juan de la Plata. Es lo que tienen las instituciones cuando cobran un carácter casi unipersonal, que van parejas a la existencia de las personas que, como sabemos, es finita.

Soy, sin embargo, uno de los jerezanos (convencido estoy de que somos muchos más) que se resiste a que la Cátedra desaparezca y a que se pierda la labor acumulada a los largo de 60 años, que son los que cumplirá el próximo mes de septiembre de 2018. Para los que desconozcan ese rico patrimonio, habrá que recordarles que esa inicial y fructífera reunión de aficionados e intelectuales fue uno de los hitos históricos que supusieron un punto de inflexión para una rica etapa de revalorización del arte flamenco. Su actividad fue trascendente en aquellos años iniciales y se prolongó en el tiempo, especialmente con los premios que otorgaba: los nacionales y la Copa Jerez, de grandísimo prestigio entre los artistas. Ambos hace años ya que se dejaron de otorgar y muchos nos preguntamos que, si la Cátedra sigue viva, e incluso ha reformado sus estatutos y su junta directiva, por qué no se detecta movimiento alguno en ella. Hay actividades que puede que ya no les correspondan, pero los premios, ¡ay! La reciente creación de unos nuevos, que celebramos y que, precisamente, llevan el nombre del extinto director, es prueba de que con dedicación y esfuerzo se pueden hacer cosas. La Cátedra y sus distinciones eran seña de identidad de esta ciudad y le devolvían un incalculable valor añadido. Tiempo sería que estas cosas se considerasen por quienes correspondan, ¿no?

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