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Ceniza y epitafio

El "Polvo eres y en polvo te convertirás" me encanta: ya lo sé, no me costará trabajo y, además, es inevitable

La muerte tiene mala prensa. Para algunos, incluso, mala sombra. El otro día (en la cena del pescaíto frito a la que conté que fuimos en vez de al carnaval) saqué el tema y aquello se puso como el entierro de la sardina. Yo, en cambio, la veo como uno de los cuatro o cinco temas que merecen la pena (los novísimos). Pero no me lo cuenten como virtud porque, siendo hipocondríaco, tengo a mi muerte siempre presente. Si hablo de ella en general, quizá sea por el consuelo ese del mal de muchos (o de todos), aunque me esté feo reconocerlo.

Por eso, hoy, que la liturgia nos impone la ceniza, a mí me conviene más centrarme en la llamada a la conversión que en el recordatorio de la muerte, que ni me hace ninguna falta ni me mueve tanto a la caridad cristiana. Prefiero, con mucho, que el cura que me signe la frente con un puñado de ceniza diga: "Polvo eres y en polvo te convertirás", que ya lo sé y que no me costará trabajo ninguno y es inevitable; que no que me ponga tarea: "Conviértete y cree en el Evangelio"; ¡y una tarea así de ardua, encima! Como suele ocurrir, lo que me gusta no es lo que me conviene.

Para compensar, por si toca la salutífera llamada a la conversión, hoy, en Jerez de la Frontera, en un bar camino del cementerio, el poeta Benítez Toledano presenta su libro de epitafios. Los dedica a sus amigos vivos y coleando. Y me consta que el poeta, aprensivo como corresponde, ha pasado unos meses muy malos pensando que se le podía morir cualquiera de los dedicados y quedarse, paradójicamente, con el epitafio inservible (por demasiado útil). Se los ha escrito a medio Jerez y muy bien que ha hecho (además de hacerlos muy bien). A la muerte hay que mentarla mucho y cuando estamos a tiempo, no a toro pasado. Como yo soy del Puerto, me he quedado sin mi epitafio poético, aunque la ceniza de hoy -si hay suerte- hará el papel inmejorablemente.

Recordar la muerte revitaliza. Hace bien la Iglesia en no perder su tradición y la poesía, que ha sido siempre muy ceniza, en seguir hablando de ella, hoy por la boca de Rafael Benítez y a los vivos, para que la aprovechen. Los periódicos también tienen algo que decir. Los clásicos acaban siempre con algunas esquelas y con los pasatiempos, haciendo una columna salomónica de seriedad y frivolidad de un estoicismo bastante punzante. Mientras la prensa de papel sea la única que tenga esquelas, a la de internet le faltará su aquél.

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