TRIBUNA LIBRE

Antonio Sánchez Trigueros

'Centinelas del sueño': último libro de Francisco Acuyo

CUANDO tienes la suerte de que llegue a tus manos un libro poético de Francisco Acuyo te prometes horas felices de un gozo y un placer muy especiales, en que como lector privilegiado vas a tener la suerte y posibilidad de explorar mundos nuevos, soñar con lo imposible, vislumbrar perspectivas ilimitadas y descubrir horizontes inéditos, si verdaderamente eres un lector valiente y te atreves a dejarte llevar por una voluntad ciega de aventuras a través de universos poéticos poco o nada hollados.

Pero, además, un libro de Francisco Acuyo, lo haya editado él o se lo hayan editado otros, siempre te regala su cuidada artesanía de objeto bello, artístico, que te incita a un ritual ineludible: te obliga a detenerte en la cubierta, a sentir al tacto su superficie, a ojear sus páginas hojeándolas de un lado a otro, a contemplar su distribución interna de espacios, a leer fugazmente unos versos, detenerte en un poema al azar, para después, cuando el sentido del gusto se empieza a paladear y está resueltamente a punto, entrar en el libro según el orden y concierto que el autor ha pensado con precisión y sentido.

Establecida ya, pues, la expectativa sobre los signos íntimos del libro y la constatación de su atractiva materialidad, estamos ya en situación de adentrarnos en el último ejemplo de estas características tal como las ofrece 'Centinelas del sueño', el volumen más reciente del valioso poeta granadino. Y ahora la actitud lectora, o metafórica postura, ante los dos conjuntos muy medidos de diez poemas en que se divide el libro, no puede ser otra que la del juego japonés de tenderse a contemplar el firmamento y construir historias, figuras y personajes con las formas cambiantes y dinámicas de las masas de nubes en movimiento.

De esta forma oriental, libres para caminar y movernos por las páginas del libro, como niños inocentes nos debemos dejar llevar por la visión verbal del poeta, que podemos leer diseminada, y que diseña o sugiere un paseo o teoría de estrellas, astros y constelaciones, verdaderos centinelas del universo, cuyo tiempo sólo podría medirse por eternidades; mundos siderales que se proyectan sobre todos los rincones y superficies de nuestra diminuta realidad, que a su vez los refleja; universo constelado que todo lo penetra, que está presente en todo y a todo da su sentido y se viste de humanidad, de rostros y siluetas, de corazón y herida, de flores y aromas, de colores y líneas; faros de luz que se alejan, se acercan, conviven, se cruzan, se abrazan y brillan con claridad en un escenario de penumbra y de noche.

Sin duda el lector modélico, al que me he referido, no puede menos que sentirse fascinado por este brillante mundo poético y armónico que por derecho propio y obra conocida pertenece a Francisco Acuyo; una fascinación en la que tiene mucho, o todo, que ver su "métrica celeste", su dominio del ritmo y de las formas clásicas como el soneto, el interesante juego de asonancias intermitentes en el primer poema, el más largo y clave del libro, y sus maravillosos cuatro romances de la segunda parte, cuyos aires poéticos se inscriben más que mágicamente en la estela juanramoniana de 'Generalife': no hay elogio mayor que éste.

Platónico y pitagórico, concentrado y diáfano, luminoso y cercano, el nuevo libro de Francisco Acuyo lo afirma una vez más como un gran poeta con territorio original y positivamente alejado de las modas que corren por los caminos de la poesía española.

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