Jesús / Rodríguez / Antonio / Gallardo

Ciencia y poesía"Buenaventura"

A cepa revueltaDaltonmanías

Recuerdo que, de preadolescente, tenía mucha afición por la Ciencia. Sus principios básicos, que no admitían discusión, me daban una confianza que no me inspiraba la Filosofía, en la que todo se defendía con argumentos, rebatibles con otros.

Me parece que mi decepción por la ciencia empezó por las sirenas, que me obsesionaban hasta tal punto que no dejaba de leer cualquier obra en la que se las citara, aunque fuera de pasada. Recuerdo que mi preferida de entre todas era Morgan, que apareció, allá por el siglo VI, al norte de Gales y que en algunos almanaques antiguos figura incluso como santa. No se trataba, sin embargo, de un suceso único porque, en 1403, otra sirena consiguió introducirse a través de un dique en la ciudad de Haarlem, en la que vivió hasta su muerte. Aunque -según se contaba - desconocía el habla, aprendió a hilar muy primorosamente y veneraba la cruz con raro misticismo.

Cuando me enteré de lo que era un "ex libris", enseguida me puse a diseñar el mío y, ni que decir tiene, que decidí que figurara en él una sirena. No me fue fácil dibujarla, porque los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre su apariencia física : Ovidio dice que son pájaros de plumaje rojizo y cara de virgen, Apolonio de Rodas afirma que de medio cuerpo para arriba son mujeres y en lo restante pájaros y Tirso de Molina las describe "la mitad mujeres, peces la mitad". Los ingleses, tan prácticos, saldan la discusión llamando a la sirena aviforme "siren" y a la de cola de pez "mermaid". Como esta última es la morfología que usa la heráldica opté por ella, y la sirena de mi sello luce desde entonces una pudorosa cabellera rubia que cubre su cuerpo en lo que tiene de mujer y una bella cola azul de mero.

La verdad, es que no sé muy bien de dónde me venía esa fascinación por las sirenas, pero sí recuerdo que, ya de niño, cuando iba a la playa, me sentaba frente a la orilla y allí pasaba las horas muertas, con el desasosiego de imaginar qué haría si apareciese una. Tan sólo una vez sentí que mi sueño se hacía realidad. Andaba como siempre mirando al mar, cuando, al resol, surgió entre las olas una joven rubia bellísima, que venía en dirección a la arena, donde yo estaba. Sus senos desnudos me parecían dos palomas alborozadas. Sentí un escalofrío : "¡Una sirena!". Cuando llegó a la orilla, sin embargo, descubrí con gran desilusión que no avanzaba a impulsos de ninguna cola, sino por la fuerza de unas piernas largas y muy blancas.

Creo que tendría unos catorce años cuando cayó en mis manos una obra titulada "Los mitos bajo los ojos de la Ciencia", en la se que ofrecían datos que demostraban irrefutablemente que, por puras razones de Fisiología, era imposible que las sirenas existieran. Fue el comienzo de mi separación de esa forma de conocimiento tan cruel con las ilusiones y los sueños.

La confirmación de mi desapego por la Ciencia se produjo cuando escuché en la radio contar a un académico que el embeleso - primer síntoma de todos mis enamoramientos - es un mero impulso biológico producido por la felitenamina, que dura cuatro años, como mucho; y que los años hacen al amor sosegado, no por las razones que explica tan bellamente Gabriel y Galán en su poema "El Ama", sino como consecuencia de unas moléculas llamadas endorfinas. Aquello era tan desastroso para mi concepto adolescente del amor - absolutamente idealizado -, que me negué a creer en la teoría.

Empecé a enemistarme definitivamente con la Ciencia cuando, en la consulta de un alergólogo, empecé a ojear un artículo en una revista de Medicina escrito por un tal Profesor Kröesser -eminente catedrático alemán, según el pié de página -, en el que explicaba que el corazón incrementa su ritmo cuando se nos aparece inesperadamente la persona amada, no por un prodigio del amor, sino porque en la fisiología cardiovascular existen dos parámetros : la presión hidrostática y el gasto cardiaco, unidos entre sí por una relación de proporcionalidad.

Ya esto era fuerte, pero lo que me hundió definitivamente fue cuando el eminente malarate probaba la veracidad de aquella teoría de la felitenamina, como causa del embeleso enamorado. Y lo hacía de tal modo que no daba lugar a la discusión. Pontificaba : "en un medio homogéneo, dos reacciones inversas alcanzan el equilibrio cuando encuentran la misma velocidad", para precisar enseguida : "la reacción de equilibrio se representa aA + bB + … = lL + mM + …".

Para mí aquello era irrefutable. Más que irrefutable : doloroso. Resultaba indubitado, según Von Kröesser, que lo que sentí aquel día en que mi primera novia me abrió el caudal de la dicha para probarme la exacta dulzura que guarda cada minuto del amor nuevo, tenía más que ver con el amoníaco (NH3), que con lo que yo expresaba en los cuarenta y un poemas de amor que hasta entonces le había escrito. "¡Maldita Ciencia!, me dije… Y ahí sigo".

-Abre tu mano derecha, mi arma, que te viá leé la güenaventura.

-¿Qué ser mano derecha?

-Eso que tienes ar finá der brazo con cinco deos que son cinco espárragos de Aranjué por la gloria de mi pare.

-Mí no entender nada.

-¿De dónde eres tú, jermoso?

-Boston. Mí ser de Boston.

-Bonito pueblo, sí señó. Abre esa mano que la providencia gitana te va a decir por mi boca cosas que tú no sabes…

El americano abrió su mano izquierda por que era manco de la derecha:

-¿Qué te ha pasao en la otra mano, hijo?

-Mano, guerra, pupa gorda.

-¡Ay que doló de ti, corazón mío! ¿Perdiste la mano en la guerra, verdá sentrañas..? Po no te preocupes que yo te vi a dá una mano de imprimación que te va a dejá como nuevo.

-Mira, en esa raya que tú ves aquí en la palmita de tu mano izquierda, Undivé me está diciendo que te compres un décimo de lotería que te va a tocá, pa que te jaga una mano de metá dorao de esas que tienen las puertas agarrá a una bola.

-Mí no entender nada.

-Ya lo sé, mi arma. Pero deberías entenderme porque tú eres de Bornos.

-Boston.

-Será un pueblo de al lao, pero da lo mismo. Cómprate el décimo que te va a tocá.

-¿Usted ser gitana?

-De cuerpo entero. Pero déjame que siga que te estoy viendo con el cuerpo empapelao de billetes de los pies a la cabeza.

-¿Pero ser usted gitana de verdad?

-Que yo no vea más a mis diez nietos si te miento.

-Mí no entender todavía.

-Po estamos aviaos… ¿Esta chavalita que viene contigo, es de España?

-Soy argentina, señora gitana.

-¡Ay que milagro pero si habla mejó que yo..! Mira niña, dile a este hombre que le va a tocá la lotería.

-El es millonario, señora. Por eso le estoy dando coba.

-Ea, po ya somos dos a engañá al chavosiyo.

-Yo no lo engaño, señora gitana.

-Mira argentinita, quítame el señora que es mucho peso pa mí. Llámame por mi nombre que yo me llamo Guadalupe.

-¡Qué hermoso nombre!

-Po lo tengo borrao de no comé caliente… Dile a Carlos Gardé que por cien euros le regalo un tarro de la pomá de Mariquita Farcón que lo cura tó.

-Pero si él está muy sano, Guadalupe.

-Nadie está libre de una mala pulmonía, hija de mi arma…

-Robert, dale cien euros a la gitana que la pobre tiene hambre.

-Hambre es poco tesoro mío. Tengo dos lobos agarraos a la boca del estómago que me están levantando flatos en las niñas de los ojos…

El americano sacó cien euros y cuando vió el billete Guadalupe se desmayó en medio de la feria. Cuando volvió en sí, se guardo el billete en el pecho. Todo daba vueltas alrededor de ella. La noria, los "caballitos de la reina", las casetas, el alumbrado único en el mundo… Se iban ya la argentinita y el norteamericano cuando la flamenca le gritó a la muchacha:

-¡Reina de los Buenos Aires, cuida de él que es más güeno que un San Pancracio..!

Aquella noche Guadalupe, sus hijos y sus nietos, comieron caliente, y hasta tal extremo caliente que se achicharraron todos la lengua.

Hasta el jueves de Feria no pudo volver Guadalupe a leer la buenaventura en la Feria más bonita del mundo

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