Cotilla

"Las gafas de sol las usamos sobre todo para mirar sin disimulo alguno"

E l paisaje de la playa ha cambiado por completo. Qué se le va a hacer. No es que haya dejado de subir y bajar la marea, de ponerse el sol o de soplar el levante día sí y día también. Tampoco han desaparecido los lagartos embadurnados en crema protectora capaces de mantenerse en la misma postura inerte durante horas y horas. Sigue habiendo niños anclados en la orilla, vendedores de patatas fritas y paseantes voluntariosos. La playa sigue siendo, para los que nos gusta mirar, un espectáculo inagotable porque no hay dos cuerpos iguales y porque en cada toalla se tumba medio desnuda una vida y con ella su historia de amor, de soledad y de misterio. Las gafas de sol las usamos sobre todo para mirar sin disimulo alguno.

Hasta ahí todo normal y al alcance de cualquiera porque en la playa nos volvemos un tanto mirones, exhibicionistas y vulgares. El verdadero cambio es que ya no se puede cotillear en condiciones. A lo sumo nos enteramos de las conversaciones de los que se sientan justo al lado que, por lo general, no tienen el más mínimo interés. Que si ponte bien la crema, que si hay que ver tu hermana, que hoy nos volvemos antes, que si hazte el loco que por allí viene fulanito y no tengo ganas de saludar; es lo que suele oírse a diario. Pero no es eso lo que me gusta cotillear. Es más, si no se hubieran sentando tan encima, evitaría enterarme de esa vida en minúscula cargada de reproches. No me gusta cotillear lo que la gente dice sino lo que no dice, es decir, lo que la gente piensa. Y eso antes estaba tirado. Bastaba con mirar qué libro estaba leyendo cada cual para intuir un mal de amores, una vida aburrida, un momento de cambio.

Decía que el paisaje playero ha cambiado porque la gente ya no lee en papel y los libros electrónicos no nos permiten desentrañar lo que cada cual tiene entre manos. Se acabó el misterio. Se acabó la atracción porque no hay nada más seductor que ver a alguien con Ana Karenina, con Fortunata y Jacinta o con cualquier novelón en la playa. Entran ganas de asaltarlo y pedirle por favor que abandone la lectura por un momento, que nos mire y nos cuente su vida.

Antes lo primero que hacía al desembarcar en la playa era mirar alrededor a ver lo que la gente leía. Cuando no era capaz de identificarlo, me acercaba a preguntar la hora con el sólo propósito de dar con el título. Ahora todo es más difícil. Tengo que imaginar al libro y al lector. Por favor, ayúdenme.

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