Columna de humo

José Manuel / Benítez Ariza

Crisis

Que cómo capeamos los españoles la crisis que empieza a despuntar? Comprando menos ropa. Eso dicen las encuestas. Con lo que rápidamente se nos viene a las mientes un deprimente panorama de gente desgalichada y deslucida, vestida con telillas de color de ala de mosca. También dicen que, en lo concerciente a la alimentación, no hemos reducido gastos. Y como otras encuestas anteriores (las hay para todos los gustos) habían dejado claro que cada vez comemos más y peor, y que tendemos a la sobrealimentación, el panorama se nos ensombrece más aún: gordos y mal vestidos, como si hubiésemos salido al encuentro de las miserias que dejamos atrás hace apenas unas décadas, pero, por si acaso, nos hubiésemos llenado antes bien la barriga.

Y todavía no he terminado de asimilar las pavorosas imágenes que van surgiendo en mi mente conforme el locutor de la radio va desgranando la noticia en mis oídos, cuando oigo un nuevo dato crucial: no es que compremos menos ropa, sino que lo hacemos en sitios más baratos (es decir, en grandes almacenes) y compramos casi exclusivamente ropa informal. Es decir, no es que, por ahorrar, vistamos harapos, sino que hemos sustituido los trajes de chaqueta, y los buenos abrigos y gabardinas con que nos ataviábamos cuando imperaban las modas "retro" y cinéfilas de los años ochenta y noventa, por el chándal, las zapatillas de deporte y esas horribles sudaderas con capucha que uno creía patrimonio exclusivo de los partidarios de la kale borroka y ahora resulta que llevan hasta los administradores de fincas. No sabe uno qué es peor, si los harapos o la ropilla. Porque los harapos al menos tienen pasado: alguna vez fueron prendas dignas y bien cortadas, y si han alcanzado su miserable condición presente, es porque han vivido lo suyo, como esas personas arrugadas de las que decimos que el tiempo las ha curtido; mientras que de la ropilla ni siquiera cabe esperar que envejezca con dignidad: a lo sumo, la retiraremos de la circulación en cuanto se le suelte la costura mal rematada en Hong Kong, o en cuanto pierda sus colores rutilantes, hechos con tintes cancerígenos…

Sobreviviremos a la crisis, sí, pero saldremos de ella convertidos en un país menos elegante y, seguramente, después de haber condenado al cierre a un buen número de sastrerías y tiendas de confecciones. Lo siente uno por ellas. Les tiene uno ley a esos dependientes paliduchos que salen de detrás del mostrador con una cinta métrica sobre los hombros, al modo de una estola, y lo miden a uno como lo haría un fabricante de ataúdes. Y no como esos empleados de los grandes almacenes, agresivos y dinámicos, que te remiten a un montón de trapos manoseados y te dicen que allá te las apañes para encontrar el tuyo, si es que lo hay de tu talla...

Para eso están las crisis, en fin: para bajarnos los humos.

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