Antonio y Eva (nombres figurados) forman un matrimonio en el que, por los misterios de la vida, ella tuvo una enfermedad hepática grave y necesitaba urgentemente un trasplante de riñón, a lo que él se ofreció como posible donante. La incompatibilidad hizo imposible el regalo, pero en Barcelona otro matrimonio vivía con el mismo problema, dándose la circunstancia de que el marido catalán sí podía donar su riñón a la paciente sevillana, y el del marido sevillano era compatible con el organismo de la paciente barcelonesa. Hoy las dos parejas hacen su vida normal gracias a la recíproca generosidad de una persona a la que ni siquiera conocía.

Si cuento hoy Miércoles Santo esta historia real, es porque se la escuché hace sólo unos días al doctor Pérez Bernal en la capilla de Los Panaderos. Allí estaban varios donatarios de órganos que, gracias a la técnica y sobre todo a la solidaridad en su mejor acepción, pueden contar a quien quiera escuchar su alegría y su emocionado agradecimiento. Una niña once años trasplantada de riñón que, como dos señoras más, gracias a un donante anónimo dejaron atrás durísimos años de diálisis casi diaria; señoras de mediana edad que viven gracias a un hígado nuevo, un señor risueño que ve por una cornea de un donante…

Y también había hombres que, en la peor hora del dolor por la muerte del ser querido, tomaron la decisión de donar sus órganos, y hoy ven con satisfacción como la pérdida irreparable se ha ido dejando al menos un rastro de vida. Como hizo con los de su hermano aquel muchacho fuertote allí presente, costalero además del Cerro; o el frutero de nuestro barrio y devoto de la Virgen a la que seguía junto a su mujer tras su manto hasta la entrada y que, fallecida ella de forma repentina, donó todos sus órganos sin dudar.

Se habla con razón de lo que pierden el tiempo nuestras Hermandades en cosas sin importancia, pero pocas veces se resalta las buenas acciones que promueven, como se encargó de decir allí el doctor, reconociendo la importancia que tuvo en su día la carta pastoral del cardenal Amigo Vallejo ("no te lleves al cielo lo que necesitamos aquí") y los logros que poco a poco se van consiguiendo. Esta noche en el paso de la Virgen de Regla habrá una luz especial que encendió aquel día Manuel Marvizón, autor de la marcha procesional Esperanza de Vida, merecido homenaje a tantos donantes anónimos de vida.

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