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Es significativo que Pablo Iglesias no hable ya de Juego de tronos. O quiere dar una imagen de seriedad revolucionaria (valga el oxímoron) o se ha dado cuenta de que, a pesar del sexo crudo y de la violencia explícita -que se han suavizado temporada tras temporada, por cierto- la serie va, en realidad, de estirpes familiares, de legitimidades encontradas, de honor, de sacrificio, de vocación y de deber. También de venganza, sí, pero la venganza es la justicia ultraliberal, antes de que el Estado se hiciese con el monopolio de la justicia o después de que demostrase su incompetencia. Todo poco revolucionario, si se echan bien las cuentas.

Tendré que dedicarme yo a comentar el Juego. En el último capítulo, en el último instante, le dan un flechazo a uno de los tres dragones de Daenerys Targaryen, y no a cualquiera, sino a Drogo, que es el más grande, aunque todos tienen buena presentación, que diría un taurino. Que en una serie tan sangrienta le claven una flecha a un dragón no debería extrañar a nadie, pero en las redes sociales los fans de Juego de tronos se lamentan amargamente. Es un error doble.

Bonito no es el bicho, por mucha sinestesia que se haya producido con su dueña. Pero ni así es excusa para llorar más la herida de un dragón que (ficción por ficción) las muertes de tantas personas en cada capítulo. El duelo por el dragón es un indicio más de la escala de valores que nos está dejando el animalismo. Empieza uno con Bambi de Walt Disney y acaba llorando al Drogo de Daenerys de la Tormenta.

Pero como la crítica moral es muy delicada (aunque pertinente, necesaria y evocada en la imagen en que Jaime Lannister emula a San Jorge lanza en ristre (imagen ingeniosamente invertida, ojo, porque aquí el caballero embiste a la princesa), centrémonos en lo puramente narrativo. Para la emoción de la historia, es sanísimo que los dragones sean vulnerables. Crean un desequilibrio de fuerzas entre Daenarys y sus rivales que incinera en un plis plas cualquier épica. Son como una bomba atómica frente a un ejército convencional.

Los que plañen por el dragón herido nos permiten a los viejos conservadores llevarnos las manos a la cabeza por la jerarquía de valores de una sociedad cada vez menos consciente de la dignidad humana. A los llorosos les dará igual. Tampoco hacen ningún bien a la serie que aman, y que también me gusta, y eso les debería quemar la sangre, como a mí.

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