La tribuna

Eduardo Osborne Bores Licenciado en Ciencias Políticas. Profesor asociado de la Univ. Pablo de Olavide

Elogio de la religiosidad popular

NOS disponemos a vivir una nueva Semana Santa, tiempo en el que se conmemora la pasión y muerte de Jesús de Nazaret. Particularmente esta efeméride es celebrada en Andalucía (Sevilla sería el paradigma) con profusión de procesiones con sus pasos de cristos y vírgenes por las calles, con la participación del pueblo sin distinción de clases ni ideología. Es lo que conocemos como religiosidad popular, un fenómeno complejo estudiado no sólo desde un punto de vista religioso, sino también cultural y antropológico.

Para hablar de religiosidad o piedad popular (como la llamaba Pablo VI en su Evangelii Nuntiandi ), partimos del documento Evangelización y Piedad Popular de la comisión Episcopal de Liturgia, que la define como “el modo peculiar que tiene el pueblo, la gente sencilla, de vivir y expresar su relación con Dios, la Stma. Virgen y los Santos”. La celebración, aclaran los obispos, no sólo se encuadra en un ámbito privado e íntimo, sino que comporta también una dimensión comunitaria y de participación eclesial.

La religiosidad popular, no obstante, trasciende el ámbito religioso o devocional para introducirse en el terreno identitario propio de la antropología. El profesor Isidoro Moreno, en su imprescindible ensayo La Semana Santa de Sevilla: Conformación, mixtificación y significaciones, analiza el fenómeno sobre la base de la Semana Santa como “fiesta total” que, reconociendo su contenido religioso, no puede comprenderse sin otros componentes como la costumbre, la música, la memoria o simplemente la forma de expresarse de cada pueblo, en lo que se conoce como proceso de inculturación. 

Este tipo de religiosidad, como todos los fenómenos complejos, no es un tema fácil de tratar, y ha sido objeto de fuertes críticas. Desde la ortodoxia religiosa, es vista como un sustitutivo de la religiosidad auténtica por otra ritualista y mágica, un sincretismo relativista y ambiguo donde se confunden pueblo, cultura, revelación, magia, fiesta… Desde una perspectiva ilustrada, una religiosidad que emana del pueblo sencillo es tratada de manera despectiva, y no puede tener más valor que el propio de la fe del carbonero, ayuno de los más elementales fundamentos teológicos.

Incluso desde dentro de la Iglesia encontramos sectores contrarios al fenómeno, y así lo expresan públicamente sin recato. Cierto teólogo y canónigo de la catedral de Málaga, ya fallecido, consideraba las celebraciones de la Semana Santa andaluza como un  “fenómeno presuntamente religioso, modelo herético y pagano desde el punto de vista de la eclesiología del Nuevo Testamento, un pecado heredado de nuestros antepasados”. En tono distinto el cardenal Amigo, gran conocedor del tema, ya reconocía en su recomendable Religiosidad Popular: Teología y pastoral que este tipo de religiosidad es objeto de preocupación constante para la Iglesia.

Con sus riesgos y contradicciones, en mi opinión estas manifestaciones populares que revivimos cada año tienen muchos aspectos positivos, a menudo poco valorados. En primer lugar, aportan unos valores sociales identificables en la capacidad de comunicación que propicia la participación del pueblo (la comunidad) como actor principal; en una espontaneidad y sensibilidad hacia el fenómeno religioso; en un fuerte arraigo social y familiar. Todo ello redunda en un sentimiento de pertenencia a unas raíces, transmitido de generación en generación, mucho más fuerte que en otras zonas menos sensibles al fenómeno.

Por otra parte, contiene unos valores religiosos innegables, que se significan en la expresión  de la fe cristiana en un lenguaje total (palabra, música, imágenes, olores, costumbres…); en una evangelización  del pueblo que mira sus propias manifestaciones religiosas como escuelas donde aprender y enseñar; en la impartición de una teología sencilla y accesible a todos.

No quiero terminar sin hacer mención a la importancia de la cultura (con mayúsculas) en la piedad popular, de tal manera que la segunda no se entiende sin la primera. El componente cultural es consustancial a aquella, y su presencia no tiene y debe desvalorar el componente religioso, sino por el contrario, realzarlo. Como tiene escrito Carlos Colón en su Dios de la Ciudad, “la Semana Santa es probablemente la  mayor obra de arte colectiva de Occidente (…) Espiritualizarla negando su cuerpo, su ser simbólico, su ser artístico, su convertirse en experiencia artística, es matarla”.

La religiosidad popular siempre tendrá su importancia mientras se mantenga como fiesta auténtica, capaz de discernir de sus componentes festivos y culturales el mensaje evangélico del que trae causa. Y así, trasmitir a las generaciones venideras este milagro de cada primavera no sólo como la escribieron los viajeros románticos del XIX, sino como una fiesta viva aún pasados dos mil años del hecho que conmemora.

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