En circunstancias normales hoy sería domingo. Pero como las circunstancias y la normalidad son conceptos que hace tiempo dejaron de vivir bajo el mismo techo, ya no descarto nada, sobre todo cuando, además, esta madrugada los relojes marcaron las tres a las dos en punto, con lo cual no tendría mucho de particular que después del sábado viniera, por ejemplo, un lunes o un martes.

Y menos me extraña aún que pasen semejantes cosas después de una semana tan aperreada como esta, en la que hemos vivido la mayor exaltación que se recuerde del trucaje y la maquinación. Cuando uno pensaba que ya lo había visto todo, se encuentra, por ejemplo, con la propuesta que presentaron hace unos días en el Congreso para despenalizar la piratería ambulante. Demostrando que no hay ninguna incompatibilidad entre ser diputado y tener ideas de bombero, se planteó la posibilidad de permitir la venta de películas y de discos falsos, de bolsos de lujo (aunque de paripé) y de perfumes que imitan a los de Chanel en todo menos en el precio.

No sabemos si prosperará una ley tan revolucionaria, pero sería un respiro para muchos negociantes, hartos de trapichear, pues ya no tendrían que esconderse en la trastienda para rellenar las botellas con whisky de garrafón ni para colar como rabo de toro esa exquisita carne de canguro que hoy por hoy les acarrearía pagar una multa de las gordas.

Con esta legalización de las imitaciones podríamos amasar fortunas sin salir de casa. A un buen ritmo con la fotocopiadora, a media mañana podríamos habernos hecho con varios millones de euros, falsos pero de curso legal, y sin el apuro de andar estafando al prójimo, porque el prójimo lo más seguro es que nos diera la vuelta con otros billetes igual de fulleros, como es justo y natural.

Por falsificar, se podrían falsificar incluso los títulos universitarios, evitando al estudiante el trago de hacer exámenes. Con una medida así se evitarían episodios tan bochornosos como el que está protagonizando la presidenta de la Comunidad de Madrid, que si no fuera por la manía inquisidora de exigir autenticidad a los documentos públicos, no tendría que estar dando explicaciones ahora sobre el extraño caso de las asignaturas que milagrosamente pasaron de estar suspensas en su expediente académico a aparecer allí mismo aprobadas y hasta con buena nota.

Llegado el caso, seríamos un país pionero en la legalización de todas esas prácticas que, por si fuera poco, atraerían bastantes inversiones extranjeras, pues mientras en Francia y Alemania se seguiría considerando delito falsificar un carné de conducir o un título de electricista, en España, sin embargo, todo serían facilidades para convertirse en notario sin pasar fatigas. Y quien dice notario, neurocirujano, madre superiora, vicealmirante o presidente de la Generalitat. Sin el fastidio de los trámites, sin tomas de posesión engorrosas ni juramentos inútiles. Y sin ningún riesgo de acabar en la cárcel por falsario.

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