AYER estaba en un bar de la plaza del Banco, desayunando frente a una cortina de lluvia monótona y triste, cuando apareció Antonio con aspecto inmejorable. A sus veintitantos años, el joven sonriente contaba que después de muchos vaivenes en los que había ido pasando, en precario, de un trabajo a otro con la frustración de quien está saltando trampolines sin muelles, por fin había dado el salto hasta lograr un empleo que iba mucho más con su estilo y con su rollo. Decía Antonio que trabajaba en una tienda especial para frikis, y que el negocio funcionaba tan bien que no necesitaba publicidad. ¿Y en Jerez hay muchos frikis? "Muchísimos, lo que pasa es que, o no se ven, o no se notan, pero a la tienda llegan señores que compran cómics de hasta cincuenta euros, lo cogen y lo esconden en su maletín".

El joven experto seguía hablando de lo friki como un concepto puesto de moda que designa a gente que se sale de lo normal, y remitía a fuentes de Internet para saber: uno, que originalmente procede del inglés "freak" que significa extravagante; dos, que se usaba para referirse a personas que se distinguían por tener alguna malformación o anomalía física (mujeres barbudas, hombres elefantes) y que eran exhibidas en los circos; y tres, dato cultureta, que toma el nombre del título de una famosa película rodada en los años treinta. Con estos antecedentes ahora entiendo que hasta la pobre Belén Esteban se ofenda cuando la llaman así.

Cuando Antonio se hubo ido y salí del bar, empecé a verlo todo friki. La gente de la calle era gente corriente, deforme, imperfecta, rara, desconocida, extravagante… Aún así, a pesar de las evidencias, no sé por qué creo que si hiciéramos una encuesta nadie reconocería ser friki, ni los que van a Eurovisión, lo que al mismo tiempo me está haciendo levantar sospechas sobre la gente que parece normal.

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