HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Galileo en el Vaticano

Las leyendas y medias verdades divulgadas durante los siglos XVIII y XIX por el anticlericalismo sobre el enfrentamiento de Galileo con la Inquisición, no terminarán con la erección el año próximo de una estatua del astrónomo en los jardines del Vaticano. La inercia de las mentiras históricas es de tal empuje, que hay personas ignorantes y grupos interesados que se ponen muy nerviosos cuando se desmienten. Galileo nunca estuvo en la cárcel, ni fue torturado y quemado en pira sacra en una plaza pública. Lo confunden con el fanático Giordano Bruno. Galileo no era un fanático y nunca dijo "Eppur si muove", sino un científico que andaba al tuntún, como todos los de su época, intentando dar explicación de sus observaciones. En algunas acertaba y erraba en casi todas, pero los grandes hombres de las ciencias, las artes y las letras lo son por sus aciertos y no por sus errores.

A mediados del siglo XVIII, el escritor Giuseppe Baretti inventó el Eppur si muove, de tanta fortuna, y convirtió a Galileo en un personaje fetiche para la propaganda contra la Iglesia. Entre los cardenales que juzgaron sus teorías había científicos de tanto prestigio en su época como él, a los que llamó imbéciles cuando a su afirmación de que las mareas las causaba el movimiento de rotación de la tierra, los inquisidores opusieron que era la influencia de la luna. Tampoco los inquisidores dijeron que la tierra no diera vueltas alrededor del sol, sino que no se podía demostrar, como era cierto. Galileo se retractó de todo, de lo que luego resultó acertado y de lo que no (por ejemplo, que los cometas eran ilusiones ópticas y no objetos reales), dio las gracias al tribunal por pena tan leve (siete votos contra tres): una especie de arresto domiciliario breve en su magnífica villa, donde podía recibir, enseñar y continuar con sus investigaciones, y el rezo diario de los salmos penitenciales, devoción que ya tenía por propia voluntad.

Durante el proceso estuvo alojado, no preso, cerca del Vaticano, a costa de la Iglesia, en lugar amplio, cómodo y con servidumbre. Luego, tras el retracto, pasó a la Villa Médicis y enseguida, como huésped, al palacio de su amigo y admirador el arzobispo de Siena. De Urbano VIII, amigo personal suyo, obtuvo con engaño el imprimatur para su Discorso sopra i due massimi sistemi del mondo, donde el propio Papa aparece ridiculizado como Simplicio. Lo protegieron papas, cardenales, duques soberanos y hombres de ciencia, incluidos los jesuitas. Fue arrogante y desconsiderado hasta con sus propios hijos naturales. No fue una víctima ni perdió un ápice de su alta consideración social. Nada de esto va en menoscabo de la grandeza de su talento. Pero el año que viene, cuando se inaugure el monumento en el Vaticano, se repetirán los tópicos del Galileo legendario, víctima humilde del oscurantismo de la Iglesia.

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