Gallardo

De niña me impresionaba Antonio Gallardo con su belleza y sus ojos tristes

No me gustan los pregones. Me suenan a letanía ripiosa. A verso machacón que no conoce la mesura y que se sirve del grito, del aspaviento y de las pausas premeditadas para que sepa el respetable cuando tiene que aplaudir. Troveros la mayoría con poca lectura detrás, a lo sumo la de otros pregones porque algunos quieren ser originales en la repetición y el tópico. Me da rabia, eso sí, cuando a alguien a quien le gusta versificar y hace su carrera por lecturas poéticas, exaltaciones y demás atriles de altares, no le dan el pregón. Dios sabrá por qué. Su nombre siempre se baraja y siempre se descarta. Maldades de ese mundo tan chiquito y desconcertante que llaman cofrade.

El caso es que este año era distinto y yo quería escuchar el pregón. Por la tele. Estaba dispuesta a ser prudente y a no decir nada del atrezo, del efecto que causa la presidencia en el escenario, obispo incluido, como una pintura de Grosso, desfasada en su tiempo. No iba a decir nada de vestimentas ni de ambientación porque la solemnidad se viste a veces de esa extraña manera. Prometo que no. Este año daba el pregón el nieto de Antonio Gallardo y era distinto. Yo no quería escuchar nada nuevo, yo quería recordar y emocionarme.

De niña me impresionaba Antonio Gallardo con su belleza y sus ojos tristes. Recuerdo cómo inclinaba la cabeza para escuchar. Un día le pregunté a mi madre que a qué se dedicaba y me dijo que era poeta y que daba clases a las niñas que querían ser artistas y cantar por Marifé de Triana, por Lola Flores o por Juanita Reina. Tenía el estudio cerca de casa y yo me imaginaba, cuánto me hubiera gustado, haciendo el paseíllo por un tablao con bata de cola. Yo hubiera sido una buena alumna, aunque me fallara la estampa, porque si hay algo que me ha dislocado desde siempre son las letras de Quintero, León y Quiroga. Antonio Gallardo, Profesor de folklóricas, qué difícil. Autor de coplas. Poeta. Todavía suenan en mi memoria sus versos lorquianos, aflamencados e intuitivos. De Lorca antes de cambiar de aires y marcharse a Nueva York.

El pregón de su nieto me devolvió su voz suave y sus poemas que sonaban a estirpe Gallardo. Un pregón distinto en el verso y en el tono, porque las cosas importantes y sentidas no se dicen a gritos. Distinto también por sabiduría, porque sabe que el llanto más profundo y de más fe es el de una saeta y el que no tiene lágrimas. Como los ojos tristes de su abuelo.

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