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Gana el más víctima

El objetivo prioritario del Gobierno y de los nacionalistas es parecer las víctimas

Hay un cariz elemental de las sociedades occidentales que la crisis catalana ha puesto en evidencia: el éxito del victimismo. René Girard lo explica. El cristianismo sin fe de sociedades que viven de sus rentas teológicas lleva a la sobrevaloración de las víctimas. Ha dejado de haber un verdadero autosacrificio, que es lo que propone Cristo, y no hay vuelta atrás a ningún rito sacrificial pagano. Sólo queda la carrera paradójicamente egoísta de ganar la ventaja de ser (de pasar por ser) la víctima.

En la película El amigo de mi hermana (Lynn Shelton, 2011), el hermano de un joven que ha muerto explica, para romper el edulcorado in crescendo de elogios de todos, que su hermano era un abusón implacable. Pero un día vio la película La venganza de los novatos y oyó un click: entendió que lo provechoso era ser la víctima, el inocente, el abusado. Desde entonces, empezó a ir de bueno y le había ido genial y, por eso, las loas, las admiraciones y los aplausos.

La cuestión catalana es un buen ejemplo social. La batalla mediática la ha ido ganando, en cada momento, quien más víctima era. Tras las elecciones del 1-O, los independentistas tenían a su favor los palos (pocos) que recibieron (tan exagerados por la tele, que busca el victimismo fotogénico, y tan rentabilizados). El supuesto derecho maltrecho a decidir también les ha dado momentos de gloria. O las prisiones preventivas. Al revés, el constitucionalismo se ha venido arriba cuando ha mostrado a los que están debajo: a los gitanos de Vilaroja, a la mayoría silenciosa (esto es, silenciada) y a las víctimas de la debacle económica. Esta perspectiva es la que permite entender la pasividad del Gobierno y el mantra de los independentistas de que ellos son gente pacífica.

El problema del victimismo es su paradoja irresoluble: ganar te hace perder y viceversa. Por eso, impone el fingimiento, la hipocresía y el maquiavelismo, convirtiendo a una sociedad sana en un juego de espejos deformantes. Si gana la víctima, perdemos todos. ¿Hay solución? Varias, pero, por lo civil, la única es romper la espiral del victimismo: aplicar la ley sin cálculos ni componendas. Cada vez que observemos que alguien quiere modificar el curso de la ley, no sólo estamos ante quien altera la independencia judicial y la separación de poderes, sino ante uno que quiere colarnos, de rondón, que la victimización es fuente de Derecho y privilegios.

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