Advierto que es posible que me repita. La periodicidad de estas columnas puede fácilmente provocar que una de ellas coincida, como ocurre hoy, con un ocho de marzo, Día Internacional de la Mujer. Esa fecha también suele entrar en el tiempo del Festival de Jerez, por lo que puede que haya ya asociado esa conmemoración con las artistas flamencas en nuestro evento. Discúlpenme, pues, si me repito, pero no me importa: nunca está de más porque siempre será necesario subrayar determinados aspectos. El que hoy destacaré puede ser objeto de controversia. Incluso habrá quien piense que desvarío si hablo de igualdad en el mundo del flamenco o niego el machismo en él. Objetarán de inmediato casos como el de La Piriñaca, a la que su marido no la dejó nunca cantar y solo conservamos el tesoro de su garganta porque enviudó joven. Ese machismo no es ni más ni menos el que ha dominado la sociedad en la que el flamenco y algunas de sus protagonistas vivieron. Reflejo de un tiempo y un lugar. Frente a ello se puede afirmar sin disparate que, en el ámbito laboral y artístico del flamenco, la mujer ha sido históricamente tan protagonista como lo han sido los hombres, y la nómina de ellas en la historia corre de forma proporcional a la de ellos. Además, puede que, paradójicamente, la tan denunciada brecha salarial de otros ámbitos laborales no se dé en este. Les costará creerlo, pero no somos pocos los que pensamos que, dentro del flamenco como arte escénico, ha existido igualdad, aunque haya sido el resultado del esfuerzo heroico de muchas mujeres. Así lo defiende, y de forma rigurosa, el estudioso José Manuel Gamboa en su monumental obra ¡En er mundo!, cuya lectura recomiendo. Al hilo de la cuestión, a la maestra Carmen Linares le escuché decir una vez: "Nunca he sentido el machismo de mis compañeros ni de la afición". Nada de lo anterior le quita razones a la huelga de hoy.

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