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Ilustraciones de bolsillo

HUBO un tiempo en que la edición de un libro era una obra de arte, en cuya confección participaban por igual en mérito e importancia el autor, el copista y los ilustradores. En el scriptorium de la famosa biblioteca de la abadía en la que se desarrolla la trama policiaca de El nombre de la rosa convivían en perfecto silencio los copistas y los llamados iluminadores: artistas que ilustraban los manuscritos con sus dibujos y sus decoraciones, sobre todo de las letras iniciales. Frédèric Barbier, en su Historia del libro, comenta que "el librero más célebre del siglo XV fue, sin duda alguna, Vespasiano da Bisticci (1421-1498) en Florencia, que ha sido calificado como el princeps librariorum (el príncipe de los libreros), que disponía de un taller con todos los servicios relativos al libro: copia, iluminación, encuadernación y difusión" (pág. 76.). Todo un entramado de artesanos en torno al proceso de composición de un libro, que hacían de estas verdaderas obras de arte un motivo de distinción para su propietario. Así, los grandes príncipes, nobles y ricos hombres del final de la Edad Media y ya a lo largo de los siglos hasta llegar a los tiempos actuales, han valorado el libro como una perfecta combinación de letras y dibujos. Y aunque el libro ilustrado es siempre más caro que los demás, tampoco hay que pasarse como esas ediciones del Quijote ilustrada por Gustavo Doré, o por Dalí, por el propio Picasso, o sin ir más lejos, la magnífica de nuestro insigne paisano Teodoro Miciano, que por la categoría del pintor, o por la corta tirada de ejemplares pueden alcanzar precios astronómicos en el mercado. Tampoco es eso. El otro día un conocido me protestaba de las ediciones de bolsillo, de las que soy defensor a ultranza, porque no le dejaban al lector respirar aunque fuera con una sencilla ilustración. Y tenía razón. Es cierto que las colecciones de bolsillo, algunas bastante cuidadas, no han tenido con sus lectores la más mínima deferencia al no incorporar entre sus páginas algún dibujo, alguna ilustración que al menos, como se define en una de sus acepciones del diccionario, "aclare" el sentido del texto. En este aspecto, las colecciones infantiles, conscientes del público a quien se dirigen, han mantenido las ilustraciones como parte consustancial al texto. Y buenos y grandes artistas hoy se dedican al arte que en otro tiempo tanto se valoraba. Pues si eso hacen con las colecciones infantiles, con más motivo debieran hacerlo con las ediciones para jóvenes y adultos, cuya voluntad lectora es de natural endeble e insconstante. Pero mucho me temo que ni editores ni autores estén por la labor; muy al contrario, no sólo no nos ponen ni un dibujito, ni una fotografía, sino que además tampoco ya utilizan los puntos y aparte. Así, como protestaba aquel conocido, prefiero el Hola, que cuenta muchas historias y está lleno de fotos. José López Romero.

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