Francisco Bejarano

Justicia estricta

LA advertencia de que la justicia demasiado estricta es una injusticia vino primero en el bíblico Eclesiastés: "No quieras ser demasiado justo". Más adelante, en Terencio: "El derecho estricto es con frecuencia suma maldad." Luego, Cicerón creó la locución latina todavía en uso: Summun jus, summa injuria (El derecho más estricto es la suma injusticia). Nos enseñaron que la justicia es dar a cada uno lo suyo y no a todos igual, pero el deseo imposible de igualitarismo, una aspiración espiritual que no se puede poner en práctica sin graves trastornos sociales, esta haciendo que las mayorías se sacrifiquen por las minorías y pierdan derechos en su favor. Esto no sería lo peor, salvo en los casos de los nacionalismos exaltados; lo desastroso para el buen orden de las sociedades humanas, es que los más listos sacrifiquen su talento para no acomplejar a los más tontos, o que la belleza se esconda, disimule y afee para igualarse con los desafortunados en dones de la naturaleza.

Los muchachos atenienses (en Esparta también las muchachas) hacían ejercicios y practicaban deporte desnudos para que las élites de sus paisanos comprobaran que la raza mejoraba y se cumplía en ella el ideal de belleza. Detrás estaba el cálculo de una descendencia hermosa y sana y el éxito en las frecuentes guerras, pero el ideal de la armonía corporal por la belleza misma, aun sin descendencia ni guerras, existía entre los griegos. No hay más que ver las expresiones del arte clásico. Platón expulsaba de su escuela a los alumnos que no hicieran progresos o entorpeciera los progresos de los demás, y prestaba mayor atención a los de inteligencia viva y ágil que a los mediocres y torpes que a duras penas aprendían sus enseñanzas con insistencia y voluntad. Si se hubiese aplicado en Grecia la justicia estricta, no estaríamos hablando de Grecia hoy. La cultura europea y del mundo sería otra sin que podamos adivinar cuál.

El error de la demagogia no está en intentar sacar de los torpes lo mejor que tengan o que a quienes no puedan competir en unas olimpiadas porque su realidad física se lo impide, se les eduquen las cualidades de otro orden que en muchos casos tienen. Está en desanimar a los mejores, está en despreciar a las élites, defendidas por Ortega como rectoras culturales y espirituales de la sociedad; está en las cuotas para el acceso a determinados puestos influyentes y de responsabilidad sin contar con los méritos. Está en creer que todas las personas son iguales y tienen los mismos merecimientos y en confundir la igualdad legal con la desigualdad legítima y natural. No se trata de dejar tirado a nadie, sino de que los peores no prevalezcan sobres los mejores, summa injuria propia de las sociedades en decadencia y camino de desaparecer.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios