¿Han ido ustedes alguna vez a una consulta del médico, de un dentista o... de un neurocirujano? Espero que no tengan que hacerlo o, por lo menos, que sólo vayan a por recetas o a que le hagan una limpieza de boca o a que le gradúen las gafas; deseo con todo mi alma que a los especialistas de nombres raros no tengan nunca que verlos. Bien, pues seguro que jamás se les ha atendido a la hora, más o menos exacta, de la cita. Lo de los médicos se puede entender, toda vez que los enfermos somos enfermos y estar malito puede incidir en el tiempo que el señor galeno tarde con su exploración. Aceptemos por tanto, los retrasos médicos como gajes de oficio y como impuesto por estar malito. Lo que no parece normal es que ustedes vayan a una tienda cualquiera y en el letrerito de horario de atención al público ponga una determinada hora de apertura y el buen tendero aparezca media hora tarde. Pero, incluso, como estamos de buen talante, no nos cabreemos excesivamente por el retraso y le concedamos una generosa comprensión. Existe algo, sin embargo, que a este que esto les escribe, al menos le enerva y molesta hasta límites insospechados: las justificaciones de algunos ante su manifiesta falta de puntualidad: "No encontraba aparcamiento", "tenía que ir al banco porque, más tarde, hay mucha gente", "he llevado a los niños a la escuela", "me he acercado un momentito a la plaza"... y, mientras, usted, probo cliente, que ha ido tres veces a la tienda y ha soportado el letrerito de 'Cerrado', aguantando estoicamente la sandez del dependiente e, incluso, hasta comprendiéndolo -. No obstante, todavía hay algo peor: cuando llega usted y junto al letrerito, aparece un papel escrito a mano informándole: "Tardo diez minutos". ¡País!

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