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Rafael Padilla

Llantos

NARRA la escena Lucas (23, 28-31). Jesús, cruelmente azotado y martirizado, casi muerto, camina hacia el Calvario. Le rodea una multitud vociferante, ávida de sangre, la misma que desde siempre jalea y se embriaga en tantas orgías violentas. En ella, valerosamente al frente, un grupo de mujeres que, ante la manifiesta iniquidad, se lamentan por Cristo. Nadie parece hacerles caso. Su compasión se diluye en el grito ensordecedor de la irracionalidad. Pero no para el Mesías. Maestro hasta el extremo, se vuelve hacia éstas, las únicas capaces de oír y aprender en aquel instante de locura, y les dice: "No lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas [….] Porque si en el tronco verde esto hacen ¿en el seco qué se hará?".

Más allá de augurios históricos, su mensaje alcanza un valor atemporal y universal. No basta con la conmiseración. Se trata sin duda de un buen comienzo. Es humanamente loable la sensibilidad por el dolor ajeno. Jesucristo no desdeña, sino que atiende, ese brote de bondad. No obstante, quiere indicarle el auténtico camino para no acabar agostado e inútil en la epidermis del problema. No, ni principalmente, hay que llorar por tantos cristos que agonizan en nuestros morideros (que también), sino por nosotros mismos. La punzada por el sufrimiento de los demás, digna pero pasajera y estéril, no nos debe distraer nunca de la tarea esencial: es el reconocimiento de nuestra propia podredumbre, el comprenderse sujeto y no mero espectador del fracaso del plan divino, lo que realmente tiene que apesadumbrar nuestro corazón y abrirnos las puertas, ahora sí con plena virtualidad salvífica, a la conversión verdadera.

Y es que hay llantos y llantos. ¡Cuán distinto el de estas mujeres de ese otro, amargo, del Pedro traidor! Uno quiere acompañar y dulcificar el tránsito del prójimo, aunque sin poner en juego el estallido de la propia alma, acomodada en su mísera y falsa cordura. El otro, el de Pedro, que brota hacia dentro, que se mira en el espejo insobornable de su deslealtad desnuda, le quiebra el espíritu y le acucia a reanudar el seguimiento de Cristo. El discípulo no se contenta con la tristeza de la pérdida, ahonda en la raíz, se descubre protagonista del drama, cerca de su propia perdición y eso le lleva a enmendar, cambiándola y cambiándose, la temible deriva de su futuro.

Añade Jesús una última advertencia sobre la crítica gravedad de lo que se nos pide: troncos secos, no podemos esperar un final mejor que el del tronco verde. Si Él, eternamente intachable, fue destrozado por nuestros pecados, ¿cómo podríamos nosotros, sin abjurar de ellos, confiar ilusamente en una salvación regalada?

Ojalá que, en esta semana de los misterios, nos desborden las verdaderas lágrimas, las que, lejos de cegarnos, nos iluminan, comprometen, revolucionan y enderezan. Aún se nos concede -bendita paciencia- una nueva ocasión. Tal vez la penúltima.

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