La columna

Ana Pielfort

Made in China

CHINA está de moda y en parte se lo debe a la polémica. No hay día en que su onda expansiva no afecte a las cifras macroeconómicas, sin que el anuncio de un nuevo boicot a los Juegos sople sobre la antorcha olímpica, o que vientos contrarios desaten en lugares lejanos, como Jerez, una tormenta informativa amarilla, debido al exótico y sensacionalista cariz que ha cobrado el viaje oficial de nuestra regidora hasta Pekín para promocionar la ciudad.

Llegados a este punto, permitan que tire de otro hilo, en este caso de fibra elástica, y plantee el tema desde dentro, desde lo que puede llegar a pensar el centenar de chinos empadronados aquí, acerca de la promoción de los atractivos turísticos de la tierra, unos elementos engarzados en el tradicional eje del flamenco, el vino y los caballos, que define una oferta variada, pero al mismo tiempo dispersa. ¿Alguien ha preguntado a los chinos qué piensan de nuestro producto? ¿Les gusta? ¿Lo compran? Tengo la impresión de que nuestros vecinos chinos nos conocen mejor que nosotros a ellos. Posiblemente se deba a la indiferencia primera que se siente hacia los extranjeros que no provocan ruido cuando llegan, a los que miramos sin ver en cruces, calles y avenidas, y se pierden dentro del escenario urbano cuando cae la tarde. Y en cambio, ¿cómo es posible que ellos sepan tanto de nosotros? Que conozcan lo que nos gusta, lo que necesitamos, lo que compramos… Que lo tengan a buen precio en amplios bazares bien situados, que hayan llegado más lejos hasta calmar la ansiedad de la vida moderna con nuevas adicciones al lujo de plástico, las gangas de quita y pon, la lencería de rasca y pica, los trajes de flamenca por doce euros, las bambas de verano por los suelos… Cuanto más bajan los precios, más caro es el coste para el resto de denominaciones de origen. Definitivamente, lo que se hace en China no se hace en ninguna otra parte.

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