TIENE QUE LLOVER

Antonio Reyes

On line

¡Ay si nuestras abuelas levantaran la cabeza! Seguro que con tantas modernidades tardarían milésimas de segundos en volver a sumergirlas en la oscuridad de sus tumbas.

Lo último, en esta sociedad globalizada en la que las redes sociales se alzan como el principal medio de comunicación y difusión de masas (de ello pueden dar fe Mubarak y Ben Alí), es la posibilidad de agregar un programita al iPhone y, en escasos segundos, podemos confesarnos on line.

Imagino que los teólogos y sabios sacramentales discutirán si el medio es acorde o no a la normativa, siempre estricta, de la Iglesia. Pero a mí, que ni soy teólogo, a Dios gracias, ni sabio (ni siquiera monosabio), la cuestión me da cierto morbo. Porque, por ejemplo, marcar un numerito y que una voz anónima te ofrezca la posibilidad de reconfortar tu atribulado espíritu debe ser de lo más gratificante.

Hace unos días entré en Internet dispuesto a conocer esta nueva realidad, y encontré abundante información. Debía elegir el número adecuado que marcar, en función de los pecados más comunes que afligen mi alma y, tras ello, como en la Champions League, ¡comienza, el espectáculo! Tras hacer examen de conciencia, seleccioné el 1069, el número más indicado para mis desavenencias espirituales y corporales. Después de tres tonos de llamada, una música monódica, un introito de los monjes benedictinos de Silos, dio paso a una voz en off: "Ave María purísima", me dijo mi anónimo interlocutor. "Sin pecado concebida", respondí obediente y educado. "Si frecuenta mujeres de mala vida, pulse 1. Si ha sido infiel a su esposa, pulse 2. Si mantiene relación con mujer sin haber pasado por la vicaría, pulse 3. Si frecuenta la amistad con Onán, pulse 4. Si su pecado no está recogido en esta lista, pulse 5". Como lo mío era una mezcla de todo ello y mucho más, pulsé el 5. De nuevo la música gregoriana apareció en escena. Tras ella, la voz anónima me indicó: "Señale brevemente el motivo de su llamada". "Llevo una vida disoluta", dije, para resumir sintéticamente mis congojas. "En breves segundos le atenderá un operador de nuestro servicio técnico", respondió la ignota voz telefónica, mensaje que se fue repitiendo una vez y otra, intercalado con los cantos a capella de los monjes de San Benito. Y así durante cinco eternos minutos hasta que apareció el técnico que, con un acento hispanoamericano, me dijo: "Me llamo Edmundo Morales. Su llamada está siendo grabada. Dígame qué le ocurre". Así lo hice. "Mi querido señor, me indicó la sugerente voz latina, abra bien la pestaña de su conciencia, ya que tenemos que modificar su interfaz, cambiar en ella el protocolo IP y fijar un nuevo domino DNS. Luego rece tres Padrenuestros y seis Avemarías". Después de varios minutos, en los que modificó los datos de mi conciencia, el operador me dio las gracias, y yo, reconfortado y virtuoso, me puse a cumplir la penitencia impuesta.

Estar mejor de lo mío solo me costó 1,99 euros, sin IVA, el minuto. Todo sea por la virtud y por ir al son que marcan los nuevos tiempos.

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