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Habladurías

Fernando Taboada

Operación Moncloa

NI los premios Óscar ni nada. La estrella esta semana ha sido la palabra debate. Debate entre los dos pesos pesados de la política nacional, los mismos que están en plena campaña de promoción de sus productos de belleza y que han aparcado la caravana para posar juntos en la tele. Se había anunciado como si fuera el combate del siglo (a la derecha, calzón azul, el aspirante, Machete Rajoy, dispuesto a tumbar al Ciclón ZP, que donde pone la rosa, pone el puño.) Sin embargo, la pelea terminó con el resultado más insulso: empate técnico.

La audiencia que congregó el dichoso debate tampoco superó demasiado a la que otras veces se ha congregado para ver el último capítulo de un culebrón. Aunque todo hay que decirlo, los argumentos de las teleseries venezolanas interesan mucho más a la audiencia. Ya Carlos Piedras lo apuntó en su artículo del jueves. Mientras los candidatos a la Moncloa sudaban ante las cámaras para mantener el tipo, la parroquia en los bares se distraía sacando partido a los palillos de dientes, espantando las moscas o resolviendo el sudoku del diario. Al debate, ni caso.

Lo grave es que esa misma clientela, cuando dan por la tele otros espacios de entretenimiento, bien que dejan los sudokus y atienden a la pantalla sin pestañear.

¿Tan miopes son nuestros políticos que no se enteran de lo que atrapa al espectador? Llevan años muy de moda unos concursos que, salvo ligeras variantes, triunfan con esta sencilla fórmula: se encierra a una serie de personajes en un recinto, se colocan cámaras para vigilarlos y se emite lo que hacen todo el santo día. A unos los encierran con el objeto de ver cómo se aparean en cautividad. Exitazo. A otros los retiran a una isla desierta para que demuestren que en condiciones extremas no está reñido el hecho de ser famoso con la práctica del canibalismo. Y en otros les pagan a unos cantantes primerizos por recluirse en una academia (pero sobre todo por llorar a moco tendido cada vez que sus maestros les recuerdan que cantando tan mal van a tener que seguir repartiendo pizzas.)

Y triunfan esos programas porque los espectadores se identifican con sus protagonistas. Pero luego vienen los políticos, tan previsibles, poniendo la misma cara que ponen en los carteles, sobreactuando en cada gesto, en cada frase, y claro, la gente se duerme. Si en lugar de celebrar esos debates, que son un plomo, se prestaran a hacer la campaña encerrándose todos en un caserón, rodeados de cámaras, el público los miraría de otra forma. A ellos por mostrarse tal cual son nada más levantarse. Con sus pelos tiesos, sus gárgaras y sus ojeras. A ellas, por no tener pega en presentarse al electorado en babuchas, con sus rulos y sus patas de gallo. Nunca aprenderán.

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