Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Ostentar la mala educación

Uno de los conceptos sociales que más debate suscitó en la crisis es el de "brecha": de renta o riqueza, de género, tecnológica, formativa, sanitaria. La distancia de hecho o derecho entre grupos sociales que salen -unos pocos- bien parados o -muchos- degradados es un fenómeno de desigualdad, inseguridad social y, como rasgo estrella, de debacle de la clase media, muchos de cuyos miembros han caído de su limbo feliz al inframundo en llamas de la pobreza, como personajes de un cuadro de ElBosco. Hay brechas más de andar por casa, pero que no dejan de ser sintomáticas. Una es la de la mala educación deliberada con la que se cría a los propios hijos. Lo ilustramos con una narración exprés.

El hermano y la hermana, ya de unos quince años, juegan a zarandearse y gritar, dando vueltas y trompicones entre los veladores repletos de gente, a quien molestan ostentosamente, como diciéndose y diciéndonos: "Somos libres, libérrimos, naturales, proyectos de personas que carecen de trabas ni normas; y mucho menos de respeto, esa imposición carca". No un par de vueltas y escarceos: todo el tiempo. También ostentosa es la dejación de funciones de sus padres; todos ellos vestidos de rigurosa licra, zapatos de trekking y parafernalia para finde, de Deporticlón, un megastore del deporte para activos y sedentarios. La amante madre, absentista como el padre que trasiega cerveza y tira colillas al suelo sin cesar, decide mostrar al mundo su amor materno. Y -¡oh, no!- besa a su hija en los morros una y otra vez. No contenta con el numerito del chupeteo, comienza a abrir surcos con sus uñas en el pelo de la adolescente. Sí, la despioja como hacen los chimpancés en el zoo: bien a la vista. Este cascarrabias sólo pretendía leer la prensa en paz en una calle peatonal de un pueblo serrano. Templarme al sol del otoño. Y no calentarme.

El niño, en notoria fase ganso, decide llamar más la atención de propios y -sobre todo, he ahí la cosa- extraños sonándose la nariz. Algo en sí muy común entre los humanos, si no fuera porque el chaval, que lo hacía con afán de recibir un extra de protagonismo en vena, agotó el servilletero y dejó el adoquinado emporcado de los papeles con sus cascarrias. Por su teatrillo ineducado. "Son niños, hombre, no sea usted malage". Ni un reproche u orden hubo. Sí recibió este cronista -dispare al pianista, llámeme gruñón- una mirada feroz de la mami. Ella, tan repleta de amor como desprovista de voluntad de hacer de sus hijos algo más que unos desgraciados que, tarde o temprano, serán puestos en su sitio. Ni imaginarse quiere uno qué trauma.

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