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Pequeñas precisiones

Cuando se habla de feminismo, así, en singular y sin adjetivos, se traiciona la diversidad del movimiento

Feminismo es un saco en el que se meten demasiadas cosas. Sé que distinguir es enfadoso, pero no hacerlo es peor. Una cosa es la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, que en la civilización occidental al menos se ha conseguido prácticamente. Quedan algunas puntadas (necesarias) y en otras partes del mundo quedan vastísimos cambios que hacer que no parecen prioritarios.

Hay un salto ontológico, no sólo cuantitativo o histórico, cuando se pasa de esa igualdad de derechos a exactamente lo contrario: a su vulneración, aunque sea con las mejores intenciones y barriendo (con perdón) para casa. La discriminación positiva habría que aplicarla con una delicadeza extrema, pues implica, por concepto, la vulneración de la igualdad jurídica.

Si la igualdad aparece amenazada por el feminismo más beligerante, tampoco la libertad se va de rositas. En la brecha salarial hay que entrar con el bisturí del análisis y los datos a hacer distinciones. Si se penaliza la maternidad (como pasa), hay que solucionarlo de inmediato. Pero si esa brecha se debe (como también ocurre) a las decisiones voluntarias (e inteligentes) de quienes prefieren una carrera profesional menos asfixiante, ¿habrá que respetarlo, no? Y no echarnos las culpas a los que pasábamos por allí. Fíjense que, a pesar de todo lo que se habla, la Inspección de Trabajo apenas encuentra casos de discriminación real.

Lo de las cuotas es otro salto en el vacío. Vulneran derechos personales, concretos, tangibles (los de quienes tienen que ser apartados para hacer hueco) por un derecho abstracto: la cuota se concede a un colectivo, no a nadie en particular. Como en el pecado está la penitencia, desprestigia a las personas que, estando dentro del sector amparado por la cuota, habrían conseguido el puesto igualmente por sus méritos.

Además, aparece un prejuicio. ¿Por qué se establecen cuotas debido al sexo, y no por la clase social, la raza, la ideología, etc? A lo que hay añadir la incoherencia de una sociedad tajantemente dividida en dos mitades sexuadas por los mismos que nos dicen que hay multitud de géneros que son fluidos, intermitentes e intercambiables. Para acusar a los hombres, sí somos dos sexos.

Decir todo esto es muy incómodo, pero el feminismo primigenio, el igualitario, necesita una defensa hoy en múltiples frentes, y hasta por la espalda. No se la volvamos, la espalda, cuando más nos necesita.

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