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Catavino de papel

Manuel / Ríos Ruiz

Pesimismo y optimismo, dos propensiones encontradas

L A crisis económica está pesando sobre la gente como una losa. Conformen pasan los días venimos dándonos cuenta de algo sumamente peligroso para el espíritu, queremos decir para el ánimo, y también para el talante, en definitiva para los ingredientes inefables que promueven cierto trasiego íntimo Y concurren en la convivencia. Y tamaña sensación de pesimismo se denota simplemente contemplando lo que se respira a nuestro alrededor. Todos conocemos, más o menos de cerca, la situación de los millones de personas en paro, incluso una parte de ellas con las asignaciones crematísticas agotadas. Y por mera sensibilidad humana nos sentimos afectados también en cierto sentido. El pesimismo, pues, se está extendiendo como una pandemia por estos contornos españoles.

Ante el panorama descrito y aunque no pensemos como Flaubert, para quien la vida de un hombre era como una maldición salida del pecho de un gigante, hay momentos en los que se tiene mala propensión de la existencia y se puede fácilmente caer en ese ámbito o atmósfera de pesimismo colectivo que exhala el ambiente que se ha creado con la crisis económica. Es entonces cuando se impone sacar a relucir todas las defensas anímicas que se tienen en el cerebro, que son más de las que podríamos enumerar, y procurar afianzar la esperanza en que llegará la mejoría en cualquier momento.

O sea, que frente al pesimismo solamente cabe intentar que nos aflore el optimismo. Nuestro leído Amado Nervo, creía que el optimismo es una fuerza incalculable. Y los árabes consideran que para gozar se necesita primordialmente empezar a olvidar. Tal vez tengan razón, pero es muy complicado, por no decir imposible, abstraerse de lo que sucede sin remisión en el entorno. No obstante, conviene insistir en la ayuda del ansiado optimismo, pensar como Leibniz, que este estado de cosas debe ser efectivamente mejor que otro, que todavía hay peores situaciones en distintos sitios del universo. Y García Lorca dijo: "El optimismo es propio de las almas que tienen una sola dimensión: de las que no ven el torrente de lágrimas que nos rodea, producido por cosas que tienen remedio". Algo que está ocurriendo en estas latitudes.

En realidad, estamos inmersos en un devenir fatídico, principalmente porque nadie, ni economistas ni políticos, en sus consideraciones, nos parecen fiables con sus presagios positivos, al carecer en efecto de la receta explícita, rotunda, para remediar la ruina del país en tantos aspectos. Así la cuestión, el pesimismo impera sobre el optimismo de una forma radical en la generalidad de los españoles. Y queremos intuir que el horizonte económico empezará a despejarse más pronto que tarde, como suele decirse. Y hasta, como igualmente se dice coloquialmente desde toda la vida, suponer que no hay mal que por bien no venga. ¿Es demasiado optimismo?

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