TIENE QUE LLOVER

Antonio Reyes /

Pleonasmo

De un tiempo a esta parte se han puesto de moda las Escuelas de Letras para futuros escritores. Se trata de instituciones en las que sus alumnos, personas con el gusanillo de la escritura, aprenden aspectos básicos que le ayudarán a adentrarse en la difícil aventura de escribir. Algunas de ellas han obtenido brillantes resultados, caso de Marta Sanz o Ildefonso Falcones, convertidos en escritores de éxito.

También ésta, aunque con menor lustre, es tarea que compete a profesores y centros educativos. Ellos enseñan los fundamentos teóricos y prácticos de la expresión escrita. En ambos casos, se estudian y analizan los medios y recursos que propician el desparpajo literario.

El otro día, sin ir más lejos, pretendía explicarle a mis alumnos (este año, accidentalmente, "intento" enseñar Lengua española) algunas figuras de la retórica, que, ya se sabe, es el arte de dotar al lenguaje de la suficiente eficacia para deleitar, persuadir o conmover a quien lee o escucha. La dificultad de estas figuras no estriba en su uso, pues las usamos continuamente sin darnos cuenta, sino en identificarlas y, sobre todo, en etiquetarlas, ya que sus nombres, en muchos casos, son de difícil comprensión e, incluso, pronunciación: oxímoron, sinécdoque, polisíndeton, pleonasmo…

La mejor forma de acercarse al hecho didáctico, como ocurría en la antigua Grecia, es a través de los ejemplos. Y metidos en faena, empezamos el juego. Les insistía a los alumnos que buscaran ejemplos vinculados a nuestra realidad. Surgió así el pleonasmo (utilización de palabras redundantes o innecesarias para intensificar la sensación que se quiere expresar: subir arriba o sonoro ruido) que está de moda, el pleonasmo perfecto: "banco malo". Un banco es una empresa que guarda, invierte o presta el dinero ajeno para obtener, con lo que no es suyo, beneficios propios. Por tanto, el adjetivo malo es pura redundancia, pura insistencia, pura reiteración: el ejemplo perfecto.

Sin embargo, nuestras autoridades se han empeñado en dar vida real a esta figura retórica: han creado nuestro propio banco malo, Sareb, una entidad, con ayuda pública, a la que transferir los activos tóxicos de otras entidades bancarias (por ejemplo, Bankia), para que éstas saneen sus balances. Claro que el fin de un recurso retórico es deleitar o conmover, mientras que la finalidad del pleonasmo perfecto, banco malo, es salvar a las entidades arruinadas por sus directivos (a la par que ellos se enriquecían) a costa, no solo del dinero de los contribuyentes, sino de recortes sociales y del empobrecimiento de los españoles. O sea, utilizando otro recurso retórico, en este caso un oxímoron (uso de dos palabras contrapuestas), es una "cabronada perfecta". Perfecta para los bancos, que nos han llevado a la crisis y ahora se salvan de su ruina arruinando y encabronando nuestras vidas.

Y si como dice el refrán, "tan cabrón se es con un cuerno como con dos", ejerzamos de tales y barramos a cornadas a quienes, maltratando nuestra dignidad, nos condenan a malvivir con la miseria.

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