Tal día como hoy, hace quince años, una llamada telefónica desde La Línea me comunicaba la triste noticia del fallecimiento de Manolo Alés, aquel que tanto hacía por el Arte en su pueblo, al que convirtió en pocos años en una referencia absoluta para el conocimiento del Arte. El arte de Jerez le debía mucho a Manolo pues, en aquellos años noventa, cuando la cultura en general era motivo de mucho interés en las instituciones buscando un cierto lustre para dignificar unas poltranas ocupadas por miembros de pocas luces, Manolo trajo a Jerez algo de lo mucho que él conseguía para su ciudad. Los espacios de Pescadería, de los Claustros de Santo Domingo y hasta del Cabildo Viejo, fueron estaciones de tránsito para muestras de mucha importancia. Manolo venía siempre a Jerez con mucha alegría, haciendo gala de todo el entusiasmo que ponía en todas sus actuaciones. Aquí pudimos disfrutar de exposiciones que, todavía, son recordadas por los buenos aficionados. El Arte del Campo de Gibraltar, tan trascendente y con tanto futuro; las camas y cobertores de Pepe Cano, aquella felicísima historia inventada por el pintor linense; el realismo aplastante de las cajas de lápices de colores de Adriá Pina; la fortaleza gestual de la pintura abstracta del granadino Juan Manuel Brazam; los bellos pellizcos escultóricos de Sylvain Marc... fueron algunas de las grandes exposiciones que llegaron a Jerez con el marchamo de Manolo Alés. Todas ellas están en el imaginario de los grandes aficionados jerezanos. Algunos de los funcionarios del Área de Cultura de nuestro Ayuntamiento me comentan lo mucho que les enseñó Manolo para el montaje de las exposiciones. A este que esto les escribe Manolo Alés le distribuyó aquella gran exposición en el Palacio de Villavicencio sobre la Historia de la Pintura de Jerez. Ahora, después de quince años, con el panorama artístico bajo mínimos y con nuestros dirigentes culturales mirando al sol de Valencia, nos hacen falta muchos entusiastas como Manolo que generan en los demás un mínimo de lo que él desprendía. Su hueco nunca podrá ser ocupado por nadie.

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