Salmonete

Me puse de puntillas para asegurarme de que no era imaginación

Cuando tenía edad de Semana Santa me metía en todas las bullas, en todas las calles estrechas, en todas las salidas y recogidas posibles. Cuando tenía esa edad imprecisa en la que de repente te conviertes en mayor y te vistes de negro para presumir y no quieres volver a casa, veía sin respiro del primer paso al último. Cuando tenía esa edad en la que todo es un descubrimiento, la Semana Santa de Jerez acababa en el último balcón de la calle Cerrofuerte cuando Salmonete cantaba al cristo de los gitanos, al Cristo, una saeta honda y dulce que siempre remataba por martinete. No se puede cantar mejor. Y eso que acababa de escuchar al Garbanzo desde la ventanita alta del Maypa por la que asomaba su mano negra y desgarrada, tan cantaora como su voz. Y en la Plaza de San Lucas, había escuchado días antes al Mono y al Guapo con sus voces limpias y sonoras. Salmonete era aún muy joven y tenía en su garganta el cante de su madre y en los ojos el abismo del éxito temprano.

El pasado Domingo de Ramos de vuelta por la Cruz Vieja, rememoré esos momentos de juventud mirando, mientras acompañaba a la Virgen de Las Angustias, la ventanita del Maypa, hoy cerrada. De repente escuché, del otro lado de la calle, el arranque de una saeta y me dije entre labios, como si siguiera rezando, Salmonete. Y era él y su saeta de siempre, la de mi juventud, la misma letra, la misma hondura, la misma pena dulce quizás más desesperanzada que nunca. Me puse de puntillas para asegurarme de que no era imaginación y, allí estaba, a ras del suelo, a la puerta de un bar, con sus mechones pelirrojos, su chaqueta grande y desaliñada y su ilusión perdida por una vida baqueteada, rota a trozos, como la de tantos que han vivido la noche de cante y juerga sin edad y sin sueño. Él seguía cantando, bajando y subiendo la voz, entregándose hasta que calló el rezo de los que acompañábamos a la virgen. El paso avanzaba muy lento sin detenerse adentrándose en la calle Molineros. Nadie habló, nadie pidió que pararan a la virgen. No se oyeron ni las órdenes del capataz para girar el paso. Nadie aplaudió como si ese momento no hubiese existido, o al revés, como si quedara para siempre.

Cuando llegué a su altura le pude ver enfadado porque no le habían parado el paso. No te lo han parado, le decían los que le acompañaban copa en mano. No se dio cuenta de que cuando la virgen dobló la calle se volvió para mirarlo. Estoy segura.

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