Francisco Bejarano

San Sigfrido

LAS vidas de los santos legendarios conforman la mitología cristiana y el mito es una manera embellecida de contar la historia. En época de nacionalismos tendentes a aislar zonas cada vez más pequeñas de Europa, traemos a san Sigfrido, apóstol de Gotland en Suecia, cuando el imperio romano, caído hacía siglos, seguía creciendo gracias a la Iglesia. Ahora que está de moda atacar a la Iglesia viene bien recordar su papel civilizador, cómo la culta Roma conquistó tierras y reinos después de muerta, no como capital de un imperio, sino como cabeza de la Iglesia. A mediados del siglo X el rey Olav de Gotland, Tierra de Godos, no el de Noruega, que es otro y santo, se dio cuenta como buen político de que si su pueblo no se convertía al cristianismo y venían misioneros para fundar obispados, escuelas, traer libros y enseñar el latín como lengua franca, no iban a salir nunca de piratas bárbaros ni tendrían voz en el concierto de las naciones.

De York le enviaron a san Sigfrido, varón justo y sacrificado que no tuvo inconveniente en alargarse hasta aquel lejano y helado reino. Olav y un grupo de nobles se encontraban predispuestos a la conversión porque habían navegado por países cristianos y conocían una civilización mejor. Sigfrido, elevado al episcopado, se hizo acompañar de tres de sus sobrinos, uno sacerdote y los otros dos diácono y subdiácono. En la misma costa de su arribada construyó una sencilla iglesia de madera y comenzó a predicar y bautizar. El rey, su familia y la corte fueron de los primeros, a los que se sumó la mayor parte de la nobleza. Pensando que había conseguido lo más difícil, dejó a sus sobrinos la administración de la diócesis de Wexlow y se adentró por el país en busca de paganos. Como ocurre siempre cuando una civilización superior se encuentra con otra más primitiva, hubo resistencia de una parte de la nobleza y sus deudos.

"¿Cómo estos hombres rubios y de ojos azules, con la delicadeza y la belleza de los ángeles pueden ser tan crueles?, dijo al llegarle la noticia del asesinato de sus sobrinos. El rey quiso hacer un castigo ejemplar y se lo impidió Sigfrido, convencido de que la bondad y la persuasión unidas a la superior cultura le harían triunfar. Y así fue: fundó el obispado de Upsala con una escuela aneja, germen de la famosa Universidad, donde príncipes, nobles y altos estamentos se aprestaron a estudiar latín y las disciplinas clásicas. De allí salieron reyes, obispos, abades, sacerdotes, maestros y escritores, viajeros luego a Roma, Constantinopla, París y York, de donde llevaron a Suecia libros, arte y los adelantos del saber de su tiempo. Murió en Wexlow y allí fue enterrado y venerado hasta que la herejía luterana ganó Suecia. A san Sigfrido se le confunde en las imágenes con san Nicolás de Bari por los ornamentos episcopales y por llevar una caja con las cabezas de sus sobrinos decapitados.

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