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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Sevilla, le cabe todo

Sí, caben más turistas, sobre todo en los pisos de los que los caseros avariciosos echan a sus inquilinos nativos

Los expertos en promoción turística -ya saben que hay expertos en todo- que trabajan con el Ayuntamiento de Sevilla ya tienen eslogan para una próxima -y si quieren inminente- campaña destinada a difundir uno de los principales atractivos de la ciudad, su capacidad: Sevilla, le cabe todo. Están a tiempo incluso de utilizarlo en Fitur, esa feria en la que más temprano que tarde tendrán que instalar un arco de entrada en cuyo frontispicio se lea "El turismo os hará libres" y en la que si hubiera algún stand alternativo, honesto y original sus visitantes recibirían un flyer con este párrafo de la novela Los nombres, de Don Delillo: "El turismo es un desfile de papanatismo. Se espera de ti que te comportes como un imbécil. Todos los mecanismos del país anfitrión se encuentran diseñados para unos viajeros que obrarán de modo idiota. Uno se mueve en círculos, aturdido, dejándose las pestañas en mapas plegables. Uno no sabe cómo dirigirse a la gente, cómo llegar a ningún sitio, qué representa el dinero, qué hora es, qué debe comer ni cómo debe comerlo".

Sí, Seville, everything gets in. En las agencias de todo el mundo. La idea la ha proporcionado el alcalde, Juan Espadas, que ha proclamado que "en Sevilla sí caben más turistas". Hombre, caber, lo que se dice caber, cabemos todos, ellos y nosotros, dispuestos a transgredir como los hermanos Marx en su camarote de Una noche en la ópera las más elementales leyes de la física sobre volumen y espacio, como ya hacemos en más de una tasca en las que para conseguir un botellín se necesita hacer antes un curso acelerado en contorsionismo. ¿Se cabe? Sí, hay sitio para todos. Al fondo. Y si no, empuja. El problema es que al fondo, y cada vez más lejos, más apartados, se están teniendo que instalar los nativos, la gente de aquí. Y no es turismofobia, es la constatación de un hecho, de un fenómeno que se extiende de la mano de la codicia. Porque, sobre todo, las palabras de Espadas son aplaudidas y bendecidas por esos caseros avariciosos que despachan de prisa y corriendo de sus viviendas en el centro o aledaños a sus inquilinos de toda la vida o a los jóvenes que con una economía de campaña hacen más de lo que pueden por emanciparse de sus padres y emprender una vida propia para cambiarlos por alquileres exprés a grupos de turistas que sueltan sonriendo bobamente y sin preguntar cantidades desorbitadas de guita para pasar unas cuantas noches de farra en Sevilla, la ciudad sin límites, sí, la ciudad a la que le cabe todo.

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