Habladurías

Fernando Taboada

Otro Siglode las Luces

QUÉ oportunas llegan este año las Navidades. Y no me refiero ni a las vacaciones ni a la paga extraordinaria. Me refiero al alumbrado que colocan hasta en la aldea más perdida de El Bierzo. Tampoco lo digo por la emoción que pueden provocar las estrellas luminosas y los trineos fluorescentes (que habrá a quien le gusten y a quien le produzcan urticaria.) Lo digo porque después de recibir machaconamente una avalancha de noticias tremebundas sobre el cambio climático y sobre la necesidad de ahorrar energía para evitar la hecatombe, tranquiliza comprobar que no debe de ser para tanto. Al parecer, no solo no gastamos demasiada luz, sino que encima hay de sobra para convertir las ciudades en una verbena durante mes y pico.

Es fenomenal esto de encender alegremente tantos miles de bombillas a la vez, pues sirve para lavar las conciencias de los que nos sentíamos culpables por coger el ascensor en vez de subir las escaleras. O por dejar la tele puesta sin que nadie la estuviera viendo. Algunos, alarmados, ya empezábamos a tener pesadillas en las que se nos presentaban los electrodomésticos con aspecto monstruoso, armados con una guadaña y riendo de esa forma escalofriante con la que únicamente ríen las criaturas recién salidas del averno. Nos atosigaba el remordimiento por haber regalado aquel robot de cocina, que preparaba un gazpacho riquísimo, pero a costa de vatios y más vatios, o aquel tren eléctrico incapaz de divertir a los sobrinos sin menoscabo del medio ambiente.

Esta Navidad, a la alegría propia de los villancicos habrá que añadir la enorme satisfacción de saber que podemos gastar aún más luz de la que derrochamos. Para compensar el sacrificio que supuso el reciente "apagón solidario" (en el que mucha gente se quedó en casa a oscuras durante cinco minutos para mostrar su compromiso contra el cambio climático) ahora nos brindan el gusto de ver alumbradas las calles con una cantidad de lamparitas que serían suficientes para iluminar nuestro hogar los próximos veinte siglos.

Yo, que en cuanto veía la luz del pasillo encendida me abalanzaba sobre el interruptor con la sensación de estar desactivando una bomba, ahora duermo mucho mejor. Con todo, me siguen martirizando algunos cargos de conciencia. Al abrir el grifo, por ejemplo. ¿A ustedes no les pasa? ¿No tienen la impresión de estar convirtiendo el planeta en un desierto cada vez que tiran de la cadena? A ver si pronto, igual que han sabido hacer con el gasto energético, nos dan una alegría sacando mangueras, palanganas, piscinas hinchables y camiones cisterna para celebrar una fiesta del agua por todo lo alto.

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