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Fermín Lobatón

'The Times They Are A-Changin'

LO dijo el payo Dylan mediando los sesenta del pasado siglo: los tiempos están cambiando. Lo suyo era una poética de rebeldía que profetizaba fuertes vaivenes, pero la inquietud es tan antigua como el universo. Ya lo dice la vieja seguiriya: "Se cambiaron los tiempos/ me he cambiado yo". Es cosa que ocurre con todo y, por supuesto, con los gustos. En el flamenco, empezaron a cambiar hace unos cincuenta años, cuando se inicia esa etapa de revalorización que trataba de poner remedio al manierismo decadente que afectaba al género con una importante resignificación del flamenco como arte y parte de nuestra cultura. Y mira que cambiaron los gustos y las tendencias. Si no, a ver quién era el guapo que se atrevía a cantar una milonga o una guajira en los festivales históricos de los sesenta y setenta. Ya en los noventa, anteayer como si dijéramos, hubo un promotor de una renombrada reunión de cante ya desaparecida que se dirigió al presentador, a la sazón servidor de ustedes, con el encargo de transmitirle a los cantaores (estaban Juan Villar, Chocolate o Rancapino, entre ellos) que en ese festival, "por respeto al cante puro y a la tradición, no estaba permitido interpretar fandangos" (sic). Por cierto, confieso que no transmití la orden.

Viene todo esto a cuento con una tendencia que se viene detectando en los repertorios cantaores desde hace un tiempo, un gusto por formas antaño repudiadas que cada vez se cuelan más en los discos y en las actuaciones en directo. El desaparecido suplemento semanal El País de las Tentaciones ya publicaba, a principios de los años noventa pasados, un reportaje en el que se agrupaba a cantaores y cantaoras -Miguel Poveda, Estrella Morente, Arcángel y Mayte Martín- como representantes de un flamenco dulce "sin las venas hinchadas". Nunca, por cierto, he visto un reportaje tan rápidamente contestado por sus propios protagonistas que, tan sólo al día siguiente, ya publicaban una nota, con las venas bastante hinchadas por el cabreo, en la sección de Cartas al Director del mismo medio.

El intento de configurar un grupo generacional puede que no funcionase en aquel momento pero, pasado el tiempo, es cierto que esos mismos artistas han destacado por un gusto hacia formas melódicas y el rescate de algunos estilos y autores que habían permanecido casi proscritos durante décadas. Y, además, lo han hecho con gran aceptación popular y no poco refrendo crítico. De forma casi paralela a este fenómeno, el mundo flamenco ha visto como se extinguían algunas de sus voces más preclaras representantes de un cante rancio, pleno de jondura. Chocolate, Fernanda, Donday, Gaspar, hace tan sólo unos díasý Y los relevos todos sabemos que son escasos y, además, están muy caros.

El XII Festival de Jerez, que alcanza en estos días su ecuador, podría ser un buen exponente de este cambio de gustos. Sin tratar de ser exhaustivos y un poco a vuelapluma, baste con recordar el espectáculo que lo inauguró. En ¡Viva Jerez!, y con no poca controversia, se pudo escuchar milonga, malagueña y tangos del Piyayo. En Puertas adentro de El Pipa, al menos una petenera; y en La puerta abierta, de Isabel Bayón, se bailó y cantó un rumboso pasodoble que en otro momento habría sido motivo de anatema. Al día siguiente, y en Los Apóstoles, se volvió a escuchar la milonga de Pepa de Oro en los estilos de Chacón y Marchena (Encarna Anillo) y el personal sello de El Sevillano en el mismo estilo (David Lagos). En El Alba del último día de Andrés Marín, se escuchó un poco de todo dentro de la excelente antología del cante de los años treinta que acompaña a su baile. Y, por fin, en Mujeres, asistimos a bellas coreografías sobre granaínas, jabera y caracoles.

No está uno por la labor de establecer juicios y sí en la de constatar tendencias. Y, visto lo visto (o, mejor, escuchado lo escuchado), quizás haya que sugerir al Consejo Regulador que, en la excelente degustación de vinos de la tierra que ofrece en San Ginés a mediodía y frente al recio amontillado o al seco fino, quizás debiera empezar a ofrecer un poco de Cream o Pedro Ximénez, caldos de sabor tan dulce como alguna de las melodías que acompañan a los estilos citados. Porque los tiempos, a la vista queda, están cambiando.

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