LA nicolumna

Nicolás / Montoya

Tos y carraspera

ANTE tanto síntoma primaveral de congestión y rinitis lo mejor es saber tomárselo con filosofía. El estornudo acaba con el picor de nariz. La tos es buena para expectorar. Las lágrimas limpian el saco lagrimal. El moco arrastra todo lo sobrante en el aparato respiratorio. Los flujos mantienen lubricadas zonas resecas. En definitiva, que cualquier desatasco es bueno si acaba por limpiar aquello por donde pasa. Mucho más cuando los atascos conllevan cerrazón de mollera y lentitud en el fluir de ideas.

Los atascados más simples acaban taponando las puertas, formando colas en los cajeros y acabando con la paciencia de más de uno. Los atascados ilustres consiguen que las cosas se empantanen, que lo que puede ser sencillo acabe por complicarse y que nadie sea capaz de entender el por qué de muchas decisiones. Y ante tanto atoramiento personal o institucional, nadie se decide a hacerse una limpieza a fondo. Al contrario, lo que suelen hacer es enrocarse, esconder la cabeza bajo el ala, y ponerse a la defensiva.

Pero quizás lo más desagradable de los desatascos sea el sonido que acompaña a cualquier tipo de ellos. A modo de bocinas automovilísticas el ruido del golpe de tos, el sonido gutural del lagrímeo, el suave silbido de un estornudo, o el jadeo sensual de los espasmos amorosos suelen ser "pecata minuta" en comparación con los exabruptos que hay que oír a más de uno cuando no sabe que hacer ni qué decir, o los olores que nos llegan cuando alcanzamos a sentir de cerca las pestilencias que algún que otro es capaz de soltar por la boca tras probar los efectos del desatascador, decir lo primero que se le ocurre, y quedarse más ancho que unas pascuas.

Lo ideal es asumirlo, que quien se sienta aludido o aludida se eche a la cuneta y deje paso a los que vienen por detrás, con ganas de hacer las cosas bien y con la fuerza de querer trabajar en positivo.

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